LOS PERROS DE FARSON
“¡Perros de Farson,!” –gritó Sentence –“para cuando termine este miserable día, el suelo del desfiladero se teñirá con la sangre pistoleros muertos. Quiero ver sus cabezas ensartadas en estacas pudriéndose a la luz del la Luna del Demonio. Sus revólveres quebrarse bajo el barro de su propia sangre. Sus rostros lívidos por el horror y el desespero clamando por una compasión que no van a recibir. ¡El Rey ha hablado hoy!. ¡Y exige trofeos! ¡Arrancadles los ojos, las manos, las entrañas ,cualquier cosa servirá para su mayor gloria!. ¡Cargad ahora Perros! ¡Cargad!, ¡Por el Hombre Bueno! ¡Cargad!, ¡Por la caída del Eld!”
Y así lo hicieron. Descendiendo como un trueno montaña abajo mientras el suelo temblaba bajo sus pies. Cinco mil hombres enloquecidos cargando contra un centenar de pistoleros resguardados tras las rocas de la pared del cañón. Un alud de muerte en movimiento. El eco de cinco mil salvajes con las caras pintadas de azul conducidos a la batalla por la estridente voz de mando de Sentence Cleefer cabalgando sobre su enorme caballo mutado. Sin duda, todo aquello era un pequeño adelanto, una premonición de lo que años más tarde ocurriría en la Colina de Jericó. Y es que el Ka a veces podía ser un viento arrebatador que se lo llevaba todo, pero casi siempre era una rueda girando sobre su propio eje que volvía una y otra vez al mismo lugar…..
Sentence cabalgando en cabeza de su destacamento de leales a Farson, no se sorprendió al observar cómo el puñado de pistoleros se ponía en formación sobre sus monturas en espera de que la tropa terminara de descender por la montaña. Lo que sí sorprendió al lugarteniente de Farson fue el comprobar que desde detrás de los arbustos situados a ambos lados de los pistoleros, comenzaran a surgir unas figuras que corrían por delante de estos, cargados con unos objetos que resultaban extraños en la penumbra reinante.
Sentence no se detuvo a reflexionar que hacían los recién llegados, si no que espoleó a su montura pues en su fuero interno se había encendido la llama del combate inminente.
Cuando a la tropa le quedaba más que una veintena de metros para llegar a donde se hallaban los pistoleros, una espesa cortinilla de llamas se alzó ante ellos.
Al parecer, lo que las figuras habían trasportado no era otra cosa que bidones llenos de petróleo que habían derramado formando una línea protectora delante de los pistoleros, para después esperar el momento oportuno de prenderle fuego.
Los caballos al sentir el inmenso calor despedido por las llamas se encabritaron lanzando por los aires a numerosos jinetes que acabaron aplastados bajo los cascos de sus monturas.
Fue entonces cuando los pistoleros abrieron fuego...
Veloces como sólo son los pistoleros entrenados en el Mundo Interior, en Gilead, un centenar de hombres, de asesinos, comenzaron a repartir muerte ante los estupefactos ojos de los fieles al "hombre bueno", aquel comunista de salón que con sus falsas promesas de un mundo más justo y sin clases sociales estaba, cada vez más deprisa, cambiando la forma de concebir el Mundo... El Mundo se estaba moviendo.
Todo pareció ocurrir a cámara lenta. Las llamas que se elevaban sobre el petróleo recién prendido, la humareda negra sobre las llamas, el intenso hedor a combustible ardiendo sobre ambas... Las monturas de los rebeldes que se encabritaban, el estruendo de aquellas pistolas imposiblemente grandes descerrajando los 35 ó 40 metros que separaban ambos bandos...
La proporción de hombres era 50 a 1 a favor de los fieles a John Farson... La rapidez de aquellos 100 hombres era 1000 veces mayor a la de cualquier otro entrenado bajo las órdenes del hombre bueno. Antes de que ninguno de los rebeldes pensara siquiera en sacar sus armas, los pistoleros habían descargado la mitad de los tambores de sus pistolas.
Sentence, al frente de sus hombres, los arengaba, intentando reorganizarlos.
-¡PERROS DE FARSON!¡MATAD!¡MUERTE AL TIRANO!¡MUERTE AL ELD!
Había enfundado el revólver y sacado el rifle. Disparó contra los pistoleros, a través del muro de fuego. Uno cayó. Al verlo, los perros de Farson parecieron envalentonarse, y abrieron fuego contra los pistoleros.
Fue entonces cuando, sobre el crepitar de las llamas y los gritos moribundos de los hombres de Farson, sobre el estruendo de los revólveres, un nuevo sonido invadió el aire. Alguien estaba soplando un cuerno.
El Cuerno de Eld.
Ante el bramido implacable del Cuerno de Eld, no había salvación posible. La desesperación cayó sobre los hombres de Farson, el miedo se reflejaba en sus rostros. Estaban perdidos.
-¡A MI, PISTOLEROS!¡POR GILEAD!¡SIN PRISIONEROS!
Steven Deschain, el último Señor de la Luz, sujetando las riendas de su montura con los dientes, se lanzó hacia Sentence, que observaba con ojos desorbitados cómo sus hombres se batían en retirada, olvidadas las promesas de un mundo mejor, olvidadas las promesas de libertad. Disparando y recargando, a una velocidad que únicamente un pistolero habría de superar alguna vez, se encontró frente a Sentence.
A lo lejos, sobre un risco, una figura oscura, con el rostro oculto por una túnica negra, alzó los brazos. Un relámpago rasgó el cielo.
El estruendo del trueno que le siguió fue ensordecedor.
La súbita aparición oscura distrajo por un momento a Steven de Gilead, error que Sentence no tardó en aprovechar lanzando su caballo contra él. Steven reaccionó, dándose cuenta de lo que estaba en juego en esa batalla, en ese duelo. Eran algo más que pistoleros impartiendo justicia, estaban llamados a una misión más allá de la Tierra, más allá del Cielo. De repente se dio cuenta de aquello al ver la figura oscura alzarse bajo los truenos, y supo que verdaderamente el ka jugaba con él, jugaba con todos.
Esquivó el intencionado ataque de Sentence, tirando de la montura de su caballo con fuerza, mientras desenfundaba sus pistolas, esas que su maestro le había cosido a la vida. Los perros de Farson, rápidos como relámpagos, se interpusieron delante de su amo. El ansiado duelo tendría que esperar. Primero acabaría con la basura de perros que le acompañaban.
Disparó, matando con el corazón, apuntando con la mente, como bien sabían los hijos de Gilead. Fueron cayendo de uno en uno, mientras sus pistoleros, sus hermanos, su misma sangre, abrían un pasillo por los laterales que permitía ver el cañón en toda su extensión.
Sentence Cleefer permanecía impasible sobre su enorme montura gris con la mirada clavada en los brillantes ojos de Steven Deschain en donde las llamas se reflejaban dándole la apariencia de un lobo a punto de morder.
–¡YA ME ROBASTE UNA VEZ PUERCO! – gritó mientras recargaba su rifle –¡NO LO HARAS ESTA VEZ, TE MALDIGO HIJO DE MIL PADRES!, ¡TE MALDIGO!.
Arriba, en lo más alto del desfiladero, el hombre de negro contemplaba la escena bajo la lluvia que comenzaba a caer, con una sonrisa en la que enseñaba demasiados dientes. Me habéis robado si, estúpidos pistoleros, pensabais que primero podríais robarle al Rey y luego plantarnos cara. Introdujo la mano derecha en el interior de su túnica de la que extrajo una baraja del Tarot. Se tomó un momento para barajarla antes de formar un abanico y mostrarlo a la multitud que se congregaba tras de él.
Extrajo una al azar.
-Es la muerte –dijo sin parar de reír – Es la muerte para el Eld – y su risa sonaba como la de un muerto.
-Es la muerte- volvió ha repetir esta vez en voz baja mientras que dejaba que la carta con la efigie de la criatura de la guadaña, resbalara de entre sus delgados dedos.
Steven no escuchó las palabras del hombre de negro, pues estaba absolutamente concentrado en los movimientos de Sentence, este a su vez ya había terminado de recargar el rifle y en ese momento se disponía a apuntar con él a la cabeza del pistolero. Pero Steven ya estaba preparado, y con la rapidez de reflejos que ostentan los de su estirpe, apuntó con sus enormes pistolas de empuñadura de sandalo y abrió fuego.
Los proyectiles bien dirigidos alcanzaron de lleno al rifle, el cual salió despedido de las manos del sorprendido Sentence.
-¡MALDITO SEAS PISTOLERO!- rugió el soldado de Farson.
-Maldito, quizá, pero tú has llegado al claro... -empezó a decir el pistolero y de pronto calló. A su alrededor, el humo lo envolvía todo. El tiempo parecía haberse detenido mientras la lluvia caía sobre ellos, y los revólveres hablaban la única lengua que conocían. Sin embargo, sin embargo...
-Por todos los dioses, ¿qué ocurre? -oyó decir a Robert Allgood, que se encontraba a su lado, con el rostro ensangrentado y el revólver aún humeante.
A pesar del humo que les envolvía, a pesar del silbido del plomo cruzando en todas direcciones, de los gritos de los pistoleros y los perros de Farson , a pesar de la voz de Robert Allgood bramando ¿POR TODOS LOS DIOSES STEVEN QUE OCURRE?. A pesar de todo aquello, sabía que si quería sobrevivir debería tomarse un segundo para analizar la situación.
Todo había sucedido demasiado deprisa. Steven Deschain y sus hombres se habían visto envueltos en una vorágine de acontecimientos en muy corto plazo de tiempo. Era como si el mundo hubiera enloquecido. Como si alguien o algunas fuerzas ajenas jugaran con el Ka al juego de estirar de la cuerda, cada uno tirando de su extremo del cabo con tanta saña que no iba a tardar en romperse.
Algo se escapaba a su comprensión y a Steven Deschain no le gustaba aquello.
No era del todo consciente de cómo se había desarrollado la batalla. Simplemente se había dejado llevar por su instinto, cosa que hasta el momento le había salvado la vida en más de una ocasión. Recordaba haber escapado del campamento de Farson con “aquello” que habían ido a buscar. Ni para sus adentros se atrevía a mencionar el nombre de aquella maldita cosa.
Infiltrase e el campamento había sido pan comido. Hubiera sido mejor que Farson colocara a unos cachorros de Bilibramo haciendo guardia que aquellos estúpidos salvajes a los que daban en llamar perros. Steven y Robert se habían bastado solos para pasar a cuchillo a media docena de aquellos bastardos antes de llegar la gran tienda de lona en la que suponían que encontrarían lo que buscaban. Eso si el informador no les había mentido o peor aún vendido.
No había sido así. En la tienda no había nadie. Claro, ¿Quien hubiera podido custodiar aquella cosa durante toda una noche sin volverse loco? No era necesario responder a aquello. Así que habían cogido la sencilla caja de madera que habían encontrado encima de la mesa sin ni siquiera abrirla y mirar dentro pues era más que evidente la maldad que habitaba en su interior. Mientras se escabullían del campamento bajo las primeras luces del día alguien dio la voz de alarma. Desde aquel momento el mundo se había precipitado en una espiral de horror. “Tuvimos que verter el combustible apresuradamente, en vez de convertir el desfiladero en una ratonera como habíamos planeado” .Había sido un mal plan que no tenia solución. “¿De verdad hemos cruzado esa llamas bajo el rugido del cuerno del Eld, mientras escupíamos fuego como si surgiéramos del mismísimo infierno?” pensó Steven lanzando una rápida mirada atrás-.
Entonces fue cuando la voz de Robert Allgood lo arrancó de sus pensamientos:
-¡SEVEN! ¡MIRA ESO! -rugió agarrándolo por la barbilla y forzándole a mirar hacia arriba-
-¡STEVEN, SERÁ MEJOR QUE PENSEMOS EN ALGO PORQUE NO TENEMOS BALAS PARA TANTOS!
La Caza de Farson había comenzado tres semanas atrás.
Habían salido de Gilead durante la noche, en grupos de dos o de tres, dispersándose y cubriendo una amplia zona de terreno. El punto de reunión sería Indrie, la antigua sede de la Baronía de Cressia, que había sido devastada unos meses atrás. Por supuesto, los habitantes habían culpado a la Afiliación, que parecía no hacer nada por detener a Farson. La mayoría de las gentes de Cressia se habían puesto del lado de este supuesto libertador, sin importarles al parecer todo el derramamiento de sangre cometido bajo el sigul del Hombre Bueno. En su camino hacia Cressia, los pistoleros no habían obtenido más que miradas hostiles y vagas respuestas. A su paso, las puertas se cerraban, y la admiración con la que otrora eran recibidos en los pueblos cercanos a la frontera de Nueva Canaán parecía haber sido sustituida por indignación, furia, odio. En una ocasión, Steven sorprendió a un niño de unos siete años que le apuntaba con el dedo y hacía el gesto de apretar un imaginario gatillo.
El impulso de Steven Deschain fue el de volarle los sesos.
Una vez en Cressia, las cosas eran aún peor. A medida que avanzaban hacia Indrie era más frecuente ver granjas incendiadas, pastos arrasados, cadáveres semidevorados por las alimañas (hombre, mujeres y niños por igual). Esto no era nuevo. Habían tenido noticias de varias bandas de devastadores que se dedicaban a saquear y asesinar a los pocos que permanecían leales y trataban de alcanzar la seguridad de Gilead. Pocos lo conseguían, lo cual favorecía a los intereses del Hombre Bueno, que lo utilizaba para poner a la población en contra de la Afiliación. Habían llegado rumores de que uno de estos devastadores, un tal Uggligar Tucco (en la Alta Lengua, uno de los muchos significados de la raíz Uggl era feo y, según los que lo habían visto, el nombre encajaba a la perfección. En otro cuando y en otro donde, cierto yonqui de Nueva York le hubiera encontrado gran parecido con un matón llamado Jack "el-feo-con-ganas" Andollini, quizá hasta hubiera pensado que ambos eran gemelos), estaba agrupando un importante número de forajidos y se había autoproclamado Príncipe de la Nueva Cressia. En Gilead creían que esto no duraría mucho y que los perros de Farson pronto se encargarían de él.
Obviamente los pistoleros no temían a Farson, ni mucho menos al Feo. Ciertamente preocupaba el hecho de que la mayor parte de las Baronías del Oeste hubieran caído en sus manos, pero tarde o temprano la rebelión sería sofocada, de eso Steven Deschain no tenía dudas. No creían que se atrevieran a entrar en Nueva Canaán (cuyas fronteras eran indudablemente las más seguras de todo el Arco Interior, y por ende, de todo el Mundo Medio), a no ser que Farson estuviera loco (y de hecho sí lo estaba). Las últimas noticias apuntaban a que las fuerzas de Farson se habían dividido. Un destacamento de unos cien hombres se había dirigido hacia el este, pero el hijo de Steven, Roland Deschain, que en aquellos momentos se encontraba en Mejis, no había informado de nada insólito. La mayoría, sin embargo, se encontraban acampadas en los Montes Shave'd. Farson también tenía hombres acuartelados en Vi Castis, donde permanecían máquinas del Pueblo Antiguo que Farson pretendía utilizar contra la Afiliación, máquinas que sólo la magia podría hacer funcionar de nuevo. Muy poca gente se atrevía a adentrarse en los oscuros cañones de aquellas tierras mineras (ni siquiera los devastadores, sólo dementes, Mutantes Lentos y demonios anidaban en las minas abandonadas).
No obstante, Steven Deschain no esperaba encontrar a Farson (tenía una habilidad asombrosa para desvanecerse). Y más ahora que Marten se hallaba con él. Pero quizá pudieran atrapar a alguno de sus lugartenientes (Látigo o Sentence sería una buena caza) y, si podían, destruir algunas de sus máquinas. Aún así, el verdadero motivo de esta pequeña excursión era otro.
Farson tenía cierta bola de cristal que no podía (no debía) continuar en su poder.
El Pomelo de Maerlyn.
Uggligar Tucco era un loco hijo de perra con un par de "perendengues" bien puestos. Si no hubiera sido por aquel extraño de la capucha vestido completamente de negro, hubiera embestido sin pensárselo contra el grupo de pistoleros mucho antes de que Sentence Cleefer hubiera terminado de excitar a sus tropas con aquel discurso. Algo relacionado con un Rey que Tucco no había acabado de comprender del todo.
La parte que sí había disfrutado, y mucho, era la que correspondía a la amputación de miembros. Pues para Uggligar Tucco no existía mayor satisfacción que la cercenar recuerdos de los cadáveres de sus enemigos muertos. En toda Nueva Cressia era conocido como Tucco el Feo Apestoso. Pues se sentía orgulloso de llevar alrededor del cuello un exótico collar de apéndices descompuestos. Eran un total de diecinueve orejas ensartadas en un sencillo cordón de cuero. Todas ellas habían sido ganadas en duelos bajo el sol de rojos atardeceres, hombre contra hombre, revólver contra revólver, sobre polvorientas calles de ciudades del Mundo Medio que carecían de nombre y de piedad.
Pero lo que jamás había conseguido hacer era matar a un pistolero. El simple hecho de pensar en que su trofeo numero veinte podía pertenecer a un pistolero o incluso al jefe de ellos, a aquel que llamaban Steven Deschain el pulso y la respiración se le aceleraban y un enorme bulto aparecía en la entrepierna de su pantalón.
“No” le había dicho el extraño de la capucha “Todavía no es el momento de atacar. Es como cuando Mohamed Ali revoloteaba alrededor de su contrincante. Es exactamente lo mismo. Desgastándolo, haciéndole creer que podía mandarle a la lona, esperando el momento oportuno para picar y soltar un directo a la mandíbula. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo Tucco?”
Tucco no entendía un carajo de todo aquello. Es más aquel personaje de la capucha le daba escalofríos. Solo ver la silueta que se intuía bajo la túnica le daba ganas de salir corriendo.
Entonces fue cuando el hombre de negro extrajo una carta de la baraja del Tarot que resultó ser la Muerte. Sin entender muy bien el porqué había comenzado a reír y a realizar una extraña danza mientras gritaba MUERTE, MUERTE PARA EL ELD. Una vez se hubo calmado dirigió una gélida mirada a Tucco:
“Bien, ha llegado el momento de picar. ¿Recuerdas lo que te he dicho antes? ¿Sabes en que lugar ha escondido la caja, verdad?.
“En el Little-Big Open Grave. Es decir, en el Cementerio” contestó Tucco.
“Perfecto, veo que pese a las apariencias eres un tipo bastante inteligente. Ahora lo único que tienes que hacer es traérmela de vuelta. Pero sobre todo no abras la maldita caja. Espero que tu y tus hombres estéis a la altura porque si no me veré obligado a tomar represalias.” Dijo sin dejar de sonreír.
Tucco que había cortado orejas por mucho menos decidió permanecer en silencio limitándose a asentir con la cabeza. Luego introdujo los dedos índice y pulgar en su boca y efectuó un silbido. Sus hombres se colocaron en formación tras de él. Lentamente se fue acercando al borde del abismo. Era difícil ver algo. Por debajo de la nube de humo se veían miles de figuras borrosas luchando entre si. El rugir de los revólveres, los gritos de horror, el olor de la sangre. Siempre era lo mismo, la eterna lucha entre el bien y el mal. Pero esta vez con él y sus hombres de por medio. Desenfundó su revólver y espoleó su montura con la energía suficiente para hacer que su caballo se encabritara sobre los cuartos traseros.
“¡IIIIIIIIIIOOOOOOOOOOOEEEEEEEEEEEEEEEEE, DEVASTADOREEEES! ” gritó a pleno pulmón mientras sus hombres le seguían desfiladero abajo directamente hacia el lugar donde se desarrollaba la batalla.
Uggligar Tucco Cabalgaba como alma que lleva el diablo al frente de lo que el llamaba su "Escuadrón de la Muerte", nombre que había escuchado en una ocasión en una tabernucha de un pueblo olvidado de las baronías exteriores, pronunciado por un hombre, forastero a todas luces, borracho como una cuba que no cesaba de hablar de historias inventadas sobre Guerras Mundiales, Mundos Paralelos y otra serie de sandeces. Pero el concepto automáticamente lo fascinó: "Escuadrón de la Muerte" ¿Cómo no se me habría ocurrido antes?.
Con sus hombres al galope cerrando filas en torno a él se precipitó veloz como un rayo hacia lo que consideraba el mejor día de la siega de toda su vida. Por los Dioses que sí... Estaba tan seguro de que aquél día segaría al menos 10 ó 15 orejas, como de las repetidas violaciones a las que lo sometía su padre cuando no contaba aún los 12 años. La oreja de aquel grandísimo hijo de mil putas fue la primera que lució con orgullo ante su torso.
Steven Deschain, en milésimas de segundo comprendió que estaban perdidos, que no tenían posibilidad de salir victoriosos al ver la horda de hombres que se acercaba estruendosa colina abajo. En un recóndito rincón de su mente recordó las palabras de su padre, Henry Deschain: "Quien no conoce sus propias intenciones, jamás puede conocer la de los demás". Y supo perfectamente cuál iba a ser cada uno de los movimientos de aquél tipo que bajaba como una furia con algo colgando sobre su pecho desnudo. Y supo exactamente cuál iba a ser el siguiente movimiento de Cleefer antes incluso de que a éste se le ocurriera. Y supo, pues no le cupo ninguna duda, a cuál de los dos iba a matar. Y rezó por equivocarse al adivinar cuál de los dos lo mataría a él.
Steven Deschain no dudó ni un instante más.
“¡ROBERT!” gritó, aunque sabía que estaba a su lado “¡Rápido!, ¡reagrupa a los hombres!,¡HAZ QUE ME SIGAN!”
Robert Allgood observaba la llegada de los nuevos invitados totalmente petrificado. Era como si por sus venas corriera el veneno de una de aquellas serpientes que llamaban boomslang peruanas. Su mordedura te dejaba inmóvil pero todavía consciente, sabiendo que ibas a morir.
“Steven has visto lo que lle…”
“¡Por todos los Dioses, Robert!. ¡Tenemos que sacarlos de aquí!. ¡ O vamos a morir todos!” Steven Deschain acariciaba nervioso su mejilla izquierda con el dorso de la mano derecha, en un gesto que había hecho de forma inconsciente durante toda su vida, la barba de siete días raspaba como lija. “Por el rostro de tu padre. Haz que me sigan, ¡AHORA!”
El cuerno del Eld volvió a rugir, ahora era Robert Allgood quién lo hacía sonar con todas sus fuerzas mientras seguía de cerca a Steven Deschain por el campo de Batalla. Sus pistoleros les cubrían las espaldas, tratando con plomo con cuanto salía al paso.
Steven Deschain cabalgaba con un revólver en cada mano hacia el lugar donde se encontraba Sentence Cleefer. Directamente al ojo del huracán. Hacia el epicentro mismo donde confluirían los tres ejércitos. Los perros de Farson, los devastadores de Tucco y los pistoleros de Gilead. No importaba el número de cada cuál, importaba la muerte que se estuviera dispuesto a repartir.
Cruzó entre un grupo formado por unos ocho de los perros de Farson dejándolos secos a su paso. Avanzaba, disparaba, recargaba y al mismo tiempo lanzaba rápidas miradas hacia el nuevo ejército de bandidos rebeldes que se incorporaba a la batalla cargando desde el desfiladero. Luego volvía a disparar a cualquier cosa que se interpusiera en su camino. Pese a su rapidez elegía los blancos con mucho cuidado. Primero disparaba a los blancos más cercanos, luego elegía a aquellos que llevaran armas de fuego, que no eran demasiados – parecía como si sólo la primera línea de ataque de los hombres de Farson hubiese sido provista de armas de fuego- la mayoría tan sólo llevaban largos machetes y rudimentarias hondas con las que lanzaban piedras. Finalmente disparaba a aquellos que le miraban mal.
No necesitaba mirar atrás para saber en todo momento que sus hombres iban con él. Le bastaba con el estruendo de sus revólveres y los gritos de agonía cada vez que uno de ellos caía. Contó unos veinte salvajes delante de él, alineados en frente de Sentence Cleefer. Con el rabillo del ojo calculó otros veinte segundos para que los Devastadores cayeran sobre él y sus pistoleros.
Espoleó su montura y apretó el paso.
Algunos de los perros dispararon. A su espalda oyó el grito de uno de sus hombres –se trataba de Armand Nhuway por como había sonado, un buen pistolero, ahora ya estaba muerto- Abrió fuego hacia los hombres de Farson, vació los dos revólveres antes de que el pistolero muerto tocara el suelo. Doce perros cayeron con doce agujeros sus cabezas. Sentence recargaba su arma, los devastadores ya estaban encima de él –incluso podía oler el hedor del que iba en cabeza-.
Con el corazón en la boca recargó los tambores de sus revólveres hasta la mitad -no había tiempo para más, aquello tendría que bastar-. Realizó seis disparos, cinco perros cayeron y la cabeza del caballo de Sentence se desintegró como una calabaza golpeada por un mazo. Steven se abalanzó sobre Sentence mientras este caía bajo su caballo. Los pistoleros de Gilead le alcanzaron, refugiándose tras la segunda línea del ejército de Farson. En ese momento los devastadores llegaban al galope golpeando como olas entre las rocas. Los tres ejércitos juntos al fin. Una gimiente pila de hombres y caballos. Un choque frontal de monorailes.
Steven lo había conseguido. Ahora tendrían una remota posibilidad de sobrevivir. Ya no había bandos en aquella guerra. Ahora era cuestión de todos contra todos.
Robert Allgood hacía rugir el cuerno de los Deschain, el cuerno que había pertenecido al mismísimo Arthur Eld.
El cuerno que anunciaba la carga de los pistoleros.
Sentece Cleefer, derribado de su montura, no podía creer lo que estaba sucediendo, mientras los devastadores disparaban sus rudimentarios revólveres sobre pistoleros y Perros de Farson por igual. Por segunda vez en unos minutos, los dioses o ka o lo que demonios fuera que manejara los designios del mundo -realmente le importaba una mierda, él se ocupaba de sí mismo- le habían vuelto a salvar y eso era bueno.
A duras penas consiguió salir de debajo de su montura, mientras desenfundaba de nuevo su revólver. Giró sobre sí mismo para disparar contra el pistolero, pero ya varias figuras se interponían entre ellos.
"Por todos los dioses", pensó el lugarteniente del Hombre Bueno. "Lo sabe, el muy bastardo lo sabe".
Steven Deschain permanecía erguido en su caballo, impasible ante los hombres que le rodeaban y disparando contra los devastadores, que habían conseguido dividir a los pistoleros. Sólo manejaba una de sus legendarias armas, disparando y recargando, su mano un borrón entre la canana y el revólver.
-¡Por Gilead!¡Sopla, Robert!¡Sopla por tu padre! -gritó Steven, mientras Sentece intentaba escabullirse de aquel caos.
Se suponía que aquello no tenía que estar pasando. Y eso que los pistoleros habían caído en la trampa con sorprendente facilidad. Walter les había dicho que vendrían buscando el Pomelo, y así había sido. Claro que lo que aquellos bastardos no sabían era que la bola de cristal se hallaba bien protegida en Mejis. ¿Y qué contenía la caja? Sentence no lo sabía, pero suponía que sería alguna de las mortíferas armas de los Antiguos. Ahora daba igual, porque el mismísimo Steven Deschain se había atrevido a desafiar a Farson personalmente.
Y había traído a todo un regimiento con él.
Apenas medio millar de hombres de Farson se hallaban acuartelados en el campamento de Langstone Leone Bridge, y Sentence sabía que no serían suficientes. No contra un centenar de pistoleros de Gilead. A pesar del entrenamiento al que eran sometidos día y noche sus Perros, algunos de ellos nunca habían disparado un arma contra un hombre. Y los pistoleros no eran hombres normales...
Walter no había hecho caso, sonriendo extrañamente mientras hablaba. Era una ilusión, un encantamiento, glammer, como decía el hechicero. Y aquella mañana, mientras de dirigían hacia la batalla, Sentence había mirado hacia atrás, y había divisado una riada humana que le seguía... tan reales a simple vista como ellos mismos. El efecto fue inmediato. Sus hombres estaban confiados de la victoria: Una batalla de 5000 hombres contra 100 era una batalla que ni siquiera los pistoleros podían ganar.
Pero los había subestimado, oh sí. Los pistoleros los habían estado esperando, incluso habían preparado una pequeña sorpresa para ellos, formando una barrera de fuego con su propio petróleo, detrás de la cual los pistoleros podrían disparar. Pero entonces, sorprendentemente Steven Deschain había atravesado el muro de llamas y se había lanzado hacia ellos, escupiendo fuego como los antiguos dragones de las leyendas que, según su abuelo, habían poblado los bosques del mítico reino de Delain.
El cuerno rugía y rugía, incansable, hasta el punto de que nada más se oía. Los sonidos de la batalla eran ahora casi imperceptibles, ahogados por aquel penetrante bramido. Steven Deschain y el pistolero que lo soplaba habían conseguido abrir un pasillo entre los hombres de Farson, pero el resto se hallaba otra vez rodeado por incontables enemigos. Los pistoleros repartían sus balas aquí y allá, sin hacer distinciones. Los hombres de Farson caían e inmediatamente eran reemplazados por otros. Una docena de pistoleros había caído ya bajo el fuego de los devastadores. Sentence sonreía desde detrás de la roca en la que se había escondido, disfrutando del espectáculo. Vio a uno de los bandidos, del tamaño de dos hombres, blandiendo una enorme hacha de guerra y cortando la cabeza de un pistolero como si estuviera segando. Antes de que la cabeza cayera, tres nuevos agujeros habían aparecido en la cara del bruto.
"Sí", pensó. "Que se maten entre ellos".
Divisó a Steven Deschain, repitiendo el ritual con su revólver una y otra vez, sin preocuparse de las figuras que lo rodeaban. Éstas permanecían inmóviles, los inermes brazos colgando a ambos lados del cuerpo y la cabeza ladeada como unos descerebrados espantapájaros. Era fácil distinguirlos de sus verdaderos perros. La mitad de ellos ya habían sido abatidos, a pesar de las artimañas de Walter.
El rugido del cuerno continuaba, invadiéndolo todo. Sus tímpanos parecían a punto de estallar, los ojos hinchados parecían salirse de las órbitas. Se tapó las orejas con las sucias manos, apretando y rechinando los dientes. En el campo de batalla, todo el mundo quedó paralizado, los revólveres humeantes, las espadas bañadas en sangre.
El cuerno rugía y rugía.
El aire pareció ondular, fluctuar, a medida que una ola de calor barría el campo de batalla. Algunos de los hombres de Farson, los más jóvenes, corrían despavoridos. Los pistoleros habían enfundado sus armas y parecían alzarse sobre el resto, los brazos en cruz sobre el pecho, los ojos cerrados, respondiendo a la llamada del Eld. Eran ka-tet.
Y entonces cesó, tan rápido como había venido.
Las figuras que rodeaban a Steven Deschain, así como las miles que aún ocupaban toda la entrada del cañón se tambalearon, y por un momento parecieron flotar, elevarse sobre los propios pistoleros. Después perdieron consistencia, se desinflaron como globos y cayeron sobre la tierra mojada, desprovistas de la magia que las había mantenido en pie.
Steven Deschain se alzaba sobre un montón de huesos envueltos en harapos.
El trueno de un revólver rompió el silencio.
"Uno menos", pensó Sentence al ver caer a otro de los bastardos del Eld.
"¡IIIIIIIIIIOOOOOOOOOOOEEEEEEEEEEEEEEEEE, DEVASTADOREEEES!
La situación había cambiado radicalmente para los pistoleros, aunque a Sentence no le hubiera gustado ser uno de ellos. Aún eran muchos, suficientes para acabar con sus propios perros y con aquel ejército que el Feo Apestoso había logrado reunir, y que ahora volvía a la carga.
"Pero no tenéis munición suficiente, bastardos. Muy bueno el truco ése del cuerno, Stevie, pero creo que Walter te ha ganado por la mano".
Entonces se dio cuenta de que la entrada del desfiladero había quedado despejada, y de que los pistoleros tenían el camino libre hacia el puente.
Sentence Cleefer abandonó su refugio tras la roca y corrió hacia allí.
A sus espaldas, se oyó de nuevo el bramido del cuerno de Eld.
-¡RETIRADA! -gritó Steven Deschain. -¡PISTOLEROS, A MÍ! ¡RETIRADA!
Steven Deschain lanzó al galope a su montura y los pistoleros le siguieron en dirección al puente, envueltos por el estruendo que producían los cascos de sus caballos sobre el reseco suelo.
- ¿Que vamos hacer Steven?-gritó Robert Allgood a su espalda-. No tardaran en darnos alcance.
Steven no le contestó si no que espoleó a su montura y terminó de cruzar el puente; cuando todos los pistoleros estuvieron al otro lado de la estructura Steven les hizo detenerse.
- ¡PISTOLEROS, A MI!-grito Steven- Vamos ha deshacernos de esos bastardos de una vez por todas.
- ¿Como lo vamos hacer?-pregunto Robert-. Ya casi no nos queda munición. ¡Nos van a aniquilar como a insectos!
- No lo creo -en la cara de Steven se dibujó una sonrisa, la primera en mucho tiempo-. Vamos ha volar el puente.
Mientras Sentence aún en el interior del desfiladero, intentaba reunir a sus hombres para comenzar la caza de los pistoleros, Steven daba las ordenes oportunas a sus fieles pistoleros.
No habían pasado ni un par de minutos desde que los pistoleros habían cruzado el puente, y ya estos habían desarrollado un plan que les permitiría salir victoriosos, o por lo menos deshacerse de muchos de sus perseguidores.
Steven había dado orden a dos de sus hombres, para que se introdujesen bajo la estructura del puente y colocaran en los pilares de sujeción unos cartuchos de dinamita, la cual harían estallar en el momento en que sus adversarios estuvieran cruzando el puente.
La operación estuvo concluida en pocos minutos, y cuando Sentence avandonó por fín el desfiladero seguido por sus soldados, los pistoleros estaban preparados para su llegada.
- ¿Cuanto tardará la mecha en consumirse?-preguntó Robert inquieto.
- Es de combustión rápida -contestó Steven-, no más de treinta segundos.
Walter había contemplado la escena desde su privilegiada posición mientras la lluvia repiqueteaba su insistente tonadilla sobre la oscura capucha de su túnica. Tenía los brazos cruzados con ambas manos dentro de las mangas. Sus polvorientas botas flotaban varios metros por delante del borde del desfiladero sosteniéndole sobre el aire. Aquella era otra de las grandes ventajas de ser el Walter de todos los Mundos.
El viento le azotaba y el negro hábito revoloteaba a su alrededor dándole el aspecto de un enorme cuervo. Su sonrisilla se había esfumado por completo y ahora sus labios podían confundirse con una vieja cicatriz. Las cuencas de sus ojos parecían estar vacías. Mirarlas directamente hubiera sido como asomarse a las estancias de la ruina.
No más glammer. El encantamiento había desaparecido. Había resultado muy sencillo el hacerles creer aquellos estúpidos –los de ambos bandos- que se enfrentaban con un ejército de enormes proporciones. El principio era muy simple. En el fondo todos vemos lo que queremos ver. Los temerosos desean estar arropados por el mayor número de hombres posibles. Y los valientes, tan imbéciles como bravos, en su interior ansían perder la vida luchando contra el mayor número posible. Sólo es necesario potenciar un poco esos miedos/deseos y el resto dejarlo en manos del glammer. Por desgracia el cuerno del Eld había acabado con toda la magia que había empleado para crear la ilusión. Y ahora, aprovechando la confusión, aquellos condenados pistoleros de Gilead se habían retirado más allá del desfiladero, cruzando el puente y a saber que más estarían tra…
“Walte, mi ze-zeñó quieo dezil” la voz que había escuchado a su espalda sonaba nerviosa y asustada, era un efecto que siempre producía sobre los demás, pero que aún, después de tanto tiempo continuaba agradándole.
“Zeñó, pe-pedone que le mole-te pe-pero creo que hay algo que le tengo que dezí”
Walter giró muy despacio sobre el aire bajo sus talones y miró a los dos hombres que tenía a su espalda. Uno de ellos parecía un hombre joven. Estaba arrodillado y cabizbajo, el pelo largo y húmedo sobre la cara no le dejaba ver su rostro. El otro, el que había hablado, era Tosscarr uno de los torturadores del Rey Carmesí, lo sujetaba mediante una gruesa cadena que el joven llevaba atada al cuello.
“Habla Tosscarr y por tu bien espero que sea importante”
“Zi-zi, mi zeñó ze trata de ete pueco” dijo mientras propinaba una patada en la espalda del hombre. Su cuerpo cayó sobre el barro con un sonoro crujido de cadenas. “Ezte é el traidó, el pueco dezertó al que le guzta chupá la polla de lo piztolero”
“¡Ah, sí!, ¡mi buen amigo Richard!” en el rostro del hombre de negro la sonrisa volvió a aparecer “Perdona muchacho que no te reconociera pero tienes muy mala cara, ¿te dan mal de comer últimamente?”
Tosscarr lanzó otra furiosa patada, esta vez directa a las costillas del hombre. “El mú cabrón ha cantao hazta la tdaviata ezta mañana, mi Zeñó. Padeze zé que tandto tadgá zemen de pizolero le había domío la dengua. Pedo hoy za levantao con gana dablá”
“¿Y que es eso tan importante que tienes que decirme Richard? No te bastó con desertar que también pretendías ganarte unas monedas vendiendo al Hombre Bueno a esos pistoleros,¿verdad? Vendiendo a tu líder, a tu padre espiritual, a tu todo, o como demonios quieras llamarle”
El hombre de negro se acercó lentamente hacia el charco donde yacía joven, primero caminando sobre el aire y luego sobre el barro. Tosscarr el torturador soltó la cadena y se apartó de su camino dando un respingo.
“Dime, chico ¿cuanto te dieron?. ¿Treinta monedas de oro como a Judas Iscariote?” dijo Walter mientras enrollaba la cadena a su mano derecha y comenzaba a estirar de ella.
“Habla, ¡que más tienes que decir!” “habla ahora o te parto el cuello”
Walter clavaba el tacón de su bota en las vértebras del joven mientras le introducía la cabeza en el barro una y otra vez estirando de la cadena con fuerza hacia arriba y hacia abajo.
“Que más has robado, di. Que otra cosa has hecho. Habla y te mataré ahora mismo no tienes por que sufrir más”
Los labios de Richard pronunciaron una única palabra.
“¿Eso has hecho bastardo?. Farson te lo hará pagar muy caro . No importarán las puertas que tenga que atravesar hasta llevarte al mar del Oeste. Hará que te coman vivo por esto”
La cadena resbaló entre las manos de Walter. Éste miró nervioso más allá del desfiladero, hacia el destartalado puente de madera sobre el río hacia el que ahora se dirigían sus ejércitos.
Una sola palabra, Richard había pronunciado una sola palabra, pero para Walter había sido suficiente.
- Negra -esa sola palabra había sido suficiente para que los sentidos de Walter se pusieran inmediatamente en alerta.
Ese miserable hijo de puta había desvelado a los pistoleros el paradero de la trece negra. Pero ahí estaba la duda, había informado del paradero exacto de la bola, o sólo el nombre del lugar, ya que el sitio donde se encontraba la trece negra, era una basta extensión de terreno de más de cien hectarias de longitud.
- Tosscarr, lleva a este bastardo a presencia de Farson, creo que tiene una sorpresa para él -dijo Walter volviendo a centrar su atención en lo que pasaba al otro lado del puente-. Y recuerda, no le hagas ningún daño, quiero que esté en perfectas condiciones para cuando reciba su recompensa por habernos traicionado.
- Zi mi ze-zeñó, el hombrez buenoz zabe muy bien comoz tratraz a loz malditoz dezertorez que le guzta chupá la polla de lo piztolero.
Era el final para Richard, y él lo sabía muy bien, por eso no puso ninguna resistencia cuando Tosscarr tiró de la cadena para que se incorporara.
- Muevetz maldito chupa polla.
- Adios Richard. Nos veremos en el infierno -los labios de Walter se curvaron en una especie de sonrisa.
Hacía pocos minutos que había parado de llover, de repente el cielo era de un azul tan claro que dolía a los ojos, el día se había vuelto caluroso y el suelo presentaba de nuevo aspecto reseco.
“Parece como si esta tierra no hubiera probado el agua en mil años”. Dijo Robert Allgood desconcertado mientras agarraba un puñado de polvo del suelo y lo dejaba fluir entre sus dedos. “El viento sopla del Este y esa mecha está húmeda, ¿Tan sólo treinta segundos bastarán para que todo salte por los aires?”
“Seguro,” dijo Steven distraído acariciándose la barba. “Cincuenta a lo sumo… puede que menos”
“¿Esperaremos a que lleguen a la mitad del puente?, así nos quitaríamos a unos cuantos de encima”
“No estoy seguro… hay algo en todo esto que no me gusta nada, algo que ha ido mal desde el principio y no se que es… Sería mejor hacerlo cuanto antes, aunque… ”
Steven miró hacia el puente. Era lo suficientemente ancho para que dos carros pasaran juntos sobre él. En su base la madera crujía y parecía estar podrida en su mayor parte. Con cada nueva ráfaga de aire la estructura se balanceaba y amenazaba con desmoronarse con dinamita o sin ella. Abajo, a unos cuarenta metros el sol arrancaba destellos de las turbulentas aguas del Devar Engo Wide. En la otra orilla no había rastro de Sentence ni del otro tipo, Tucco. ¿Por qué tardaban tanto? ¿Y por qué no se habrían matado entre ellos?. ¿Y si ellos…
Uno de los perros de Farson, un estúpido que se había adelantado del grupo principal, comenzó a caminar por el puente. Parecía estar borracho y sobre sus hombros llevaba algo similar a un enorme bulto.
“¿Que hacemos?, ¡ya hay uno en la entrada!,” gritó Robert “¡los demás no tardarán!”
Steven no contestó. Continuó mirando al puente frotándose la cara con aquel peculiar gesto. Robert pensó que si no paraba de inmediato, pronto prendería fuego a su propia cabeza.
“No tenemos tiempo para ponernos las jodidas gorras de pensar Steven, ¡decide! ¡lo hacemos o no!”
Steven Deschain tenía muy poco tiempo y demasiados problemas, los perros, la caja, el pomelo del mago, la otra bola, el cementerio, Sentence, el Feo… y ahora el maldito puente.
“¡Maldición Robert,…. vuélalo!” “¡Mándalos a todos al infierno!”
Robert sacó su yesquero del bolsillo trasero del pantalón y ahuecando sus manos contra el viento encendió la mecha. Una diminuta chispa comenzó a sisear zigzagueante en dirección a los pilares.
“¡Mierda! ¿Qué "perendengues" es eso?” gritó una voz a su espalda. Robert giró sobre sus talones y pudo ver como uno de los pistoleros señalaba hacia el puente.
Al principio no percibió nada fuera de lugar, pero, una vez lo hubo visto le fue imposible apartar la mirada. El hombre que avanzaba con torpes pasos sobre el puente parecía estar mal herido. Se sostenía a la barandilla con ambas manos mientras que sobre su espalda llevaba lo que parecía un fardo de leña.
“¡Es Armand Nhuway!” gritó otro de los pistoleros “¡Está vivo!¡Y trae a otro con él, ¡Creo que es Howard Beniston!”
Durante un segundo el corazón de Steven se detuvo, la sangre se acumuló en su garganta dejándola tan reseca como la tierra bajo sus pies.
“Tengo que parar esto” dijo con voz ronca y empezaba a moverse cuando una mano le agarró por el hombro.
“¡No!” dijo Robert Allgood, “Yo soy el más rápido, al menos sobre el terreno”
Y en verdad lo era, porque Steven no tuvo tiempo de impedir que corriera hacia la pendiente mientras enfundaba su revolver y sujetaba un cuchillo entre los dientes. “Cúbreme el culo Stivo” fueron sus últimas palabras antes de desaparecer resbalando tras una nube de polvo.
“¡Detente, Tucco!”, la autoritaria voz procedía de su izquierda, pero no fue eso lo que le hizo parar, sino el atronador disparo de un revólver. “Al primer movimiento te meto una bala en la cabeza, Tucco, y esto va también por tus hombres.”
El Feo tiró de las riendas de su montura y giró hasta colocarse enfrente del dueño de aquella voz. Miró hacia el recodo que daba paso al puente sobre el Devar Engo, oculto por la pared de rocas que señalaba la entrada del cañón. Luego dirigió una fría mirada a Sentence, y escupió al suelo. Hizo una señal a sus hombres para que bajaran las armas.
“¿Qué quieres?”, preguntó.
“Ayudarte, Tucco. Voy a salvarte el culo.”
Detrás de ellos, los perros de Farson supervivientes habían conseguido reagruparse, y ya se estaban acercando.
“Te propondré un trato, Tucco”, continuó el lugarteniente del Hombre Bueno.
Sentence salió de detrás de las rocas tras las que se escondía, sin dejar de apuntar a la cabeza de Uggligar Tucco. Los devastadores se miraron nerviosos, pero de pronto el Feo estalló en carcajadas.
“¿Y qué pasará si no acepto?”
Sentence esbozó una aterradora sonrisa.
“Dejaré que cruces el puente, si es lo que quieres. Pero los dos sabemos por qué te ha enviado Walter, y los dos sabemos que tú solo no serás capaz de derrotar a los pistoleros.”
Ante esto Tucco volvió a reír escandalosamente.
“Y tú me vas a salvar el culo, ¿no? Si no llega a ser por mí, ahora estarías muerto, Sentence. Y como sigas hablando esos puercos van a escapar.”
“Puede ser. Pero lo que importa es que no lo estoy. Y me consta que tú sabes adónde se dirigen, ¿verdad, Tucco? Desmonta y hablaremos.”
El devastador hizo un imperceptible gesto a uno de sus hombres y desmontó de su caballo.
“Nada de ...”, empezó a decir Sentece. “¡Vaya, vaya! ¿Qué tenemos allí?”, dijo con repentina sorpresa. Tucco siguió su mirada y divisó una figura ensangrentada y cubierta de barro que parecía llevar a alguien sobre sus hombros. Se dirigían hacia el puente a espaldas de ellos.
Ugglicar Tucco echó mano a su revólver al darse cuenta de que eran pistoleros, pero Sentence le detuvo.
“Dejadlos ir”, ordenó, con una maliciosa sonrisa. “Quizá nos sean más útiles vivos.”
Tucco le echó una mirada recelosa, miró una vez más a los pistoleros y al final, escupiendo de nuevo al suelo, se acercó al hombre que aún le encañonaba.
“¿Conoces estas montañas, Tucco?”, le preguntó Sentence.
El devastador negó con la cabeza.
“Ahí sólo hay demonios”, contestó.
“Bueno, bueno, creo que somos mayorcitos para esos cuentos de viejas, ¿verdad?”, replicó Sentence en un tono burlón. “La cuestión es que conozco otra forma de cruzar el río, y colocarnos por delante de esos malditos.”
Señaló hacia los pistoleros, que estaban a punto de llegar al recodo que daba paso al puente. Lo bordearon trabajosamente y desaparecieron de su vista. Mientras, los soldados de Farson y los devastadores aguardaban inquietos.
“Verás, Tucco. Yo te necesito a ti, y tú me necesitas a mí”. El lugarteniente de Farson levantó el brazo izquierdo y una docena de sus perros se adelantaron.
“Tú y diez de tus mejores hombres vendréis con nosotros.”
Hizo una pausa.
“Los demás, que vayan por el puente. Los cogeremos en medio. Y cuando hayamos terminado con ellos, me llevarás a la caja. Iremos tú y yo, Tucco”.
Una nueva pausa, exhibiendo una loca y espeluznante sonrisa.
Uggligar Tucco sintió un escalofrío recorriéndole la espalda.
“Tú y yo solos”.
En Gilead existe una antigua canción popular. Los hombres la han cantado a viva voz desde tiempos de Arthur Eld mientras bajan en grupos por las calles hacia los prostíbulos. Robert Allgood la había entonado varias docenas de veces borracho y apenas sosteniéndose sobre los hombros de Steven o algún otro pistolero con los que solían salir en busca de diversión. Los hombres (los que aún se mantenían en pie) marcaban el paso bajo el grito de Oi, Oi, Oi… al mismo tiempo que se golpeaban el pecho con el puño cerrado. A Robert Allgood siempre le hacían cantar el estribillo sobre el coro de beodas voces. La letra decía algo así:
T.N.T, soy Dinamita /Oi, Oi, Oi…/ Y en la lucha voy a vencer / T.N.T, soy una carga de poder/ T.N.T, Mírame detonar… Oi,Oi,Oi…
Ahora aquella estúpida melodía se había apoderado de él. La repetía en su mente una y otra vez de forma obsesiva mientras emprendía su frenética carrera cañada abajo. Corría entre matojos llenos de púas y ríos de polvo y roca. Mientras, la canción en su cabeza amenazaba con volverle loco. Avanzaba hacia el pilar central del puente donde sus hombres habían colocado la dinamita. El sol le mordía y el sudor se introducía en sus ojos. Sentía los músculos de las piernas agarrotados. Parecía como si todo su cuerpo se rebelara y quisiera verle muerto.
(Soy dinamita)
Paralela a la base del puente y a unos quince metros sobre la superficie del río Robert reparó en una estrecha pasarela que unía los tres grandes pilares. Era de madera y pendía de las traviesas del puente mediante gruesos engarces de hierro oxidado. El aire la hacía oscilar de un lado para el otro como un péndulo sobre las embravecidas aguas del Devar Engo, también conocido como “El Ancho”. Durante un instante Robert creyó ver una pequeña chispa sisear cerca de uno de los engarces oxidados, abandonó la senda de la cañada y pasando sobre una enorme roca aterrizó sobre la base de la pasarela. Con el rabillo del ojo, en un ángulo imposible para alguien que no fuera un pistolero, percibió que algo comenzaba a moverse en la entrada del puente. Los hombres de Sentence habían llegado ¿O sería aquel grupo de Devastadores suicidas que había irrumpido en último lugar? Eso poco importaba y menos ahora sobre un puente cargado de explosivos.
(Soy una carga de poder)
Entonces fue cuando supo lo que iba a ocurrir a continuación. Aquella revelación vino a él tan claramente como el cielo en una despejada mañana de invierno. Escuchó la multitud de pasos correr sobre su cabeza, allá arriba en el puente.-Unos llevan espuelas y otros no,- pensó Robert maravillado, -así que al fin han unido sus fuerzas.- Percibió el olor cercano de la mecha húmeda al prenderse. -Al final no estaba tan lejos de la mecha quizá la hubiera conseguido cortar, quien sabe.- Escuchó a Steven Deschain amartillar su revólver en algún lugar distante de la otra orilla del puente y pensó -El mundo es de una claridad brutal, todo es nítido, todo es blanco-. Y con este último pensamiento ocurrió lo que ya sabía.
El disparo no llegó desde arriba, ni desde el frente sino desde su espalda. La bala atravesó uno de los engarces que sostenían la pasarela haciéndolo pedazos. El suelo bajo sus pies cedió y Robert cayó junto con una porción del puente. Justo al irrumpir en las frías aguas del río, el mundo pareció rasgarse con un trueno estremecedor y el puente sobre el Devar Engo llegó al final de sus días estallando en mil pedazos astillados. -Te dije que me cubrieras el culo Stivo-. Pensó mientras la corriente lo arrastraba río abajo y supo que su Dhin, su amigo, le había salvado la vida.
(Mírame detonar)
Walter lo vio muy bien. Las tropas empezaban a atravesar el puente con pasos inseguros, devastadores y guerreros de Farson por igual. Avanzaban cautelosamente, con las armas en alto y sin proferir una sola palabra. La visibilidad no era demasiado buena, una fina neblina se elevaba desde el río y dificultaba la vista. Los hombres no eran estúpidos, y avanzaban con prudencia, la malloría temerosos de desencadenar otro infierno de plomo aullante como el que habían sufrido momentos atrás. Los dos pistoleros heridos comenzaban a llegar al otro extremo del puente.
La neblina no era un problema para el hombre de negro, y el chocar del agua contra las rocas tampoco dificultaba su capacidad auditiva. De este modo, oyó perfectamente aquel único disparo que rasgó el aire, un disparo que significaba dos cosas: SENTENCIA, ESPERANZA.
El puente estalló momentos después, con un sonido estremecedor, enviando tablones, riostras, hombres y roca por todas partes.
Una fragmente de roca enorme voló directamente hacia él, y se fragmentó en múltiples pedazos al chocar contra una barrera invisible a pocos centímetros del cuerpo del mago.
Abajo los hombres gritaban y huían en desbandada por el cañón, huyendo del lugar. Walter vio una astilla gigantesca cayendo del cielo que empalaba a un devastador junto con su caballo como si fuera una gigantesca jabalina; vio que un cuerpo mutilado caía sobre la cabeza de un hombre, partiéndole el cuello; vio a otro al que una cuerda que salía disparada desde la gran humareda le sesgaba por la mitad; vio muerte, oyó los gritos y olió el pánico.
Miró al otro lado del río, donde se alzaba, imponente y orgullosa, una formación de pistoleros con las armas desenfundadas y los brazos en cruz sobre el pecho con los pañuelos ondeando al viento. Una roca había caído en su vertiente, matando a dos de ellos, pero aquello no era ni por asomo suficiente.
Walter alzó la mano y se quedó mirando la carta de tarot que aún conservaba en ella. El aire empezó a ondular y agitarse a su alrededor.
"Muerte para Eld".- gruñó. Cerró el puño, del cual empezó a salir humo y la carta cayó segundos después convertida en cenizas.
Descendió de nuevo a la cima del risco y emprendió el camino de bajada a grandes pasos.
Y se dice que allí donde pisaba las piedras estallaban a su paso.
Libro Favorito de Stephen King: La Torre Oscura
"No todo es silencio en las salas de los muertos."