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FERRARI
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Mensaje FERRARI 
 
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I

     Entré al cabaret ya con la noche encima y me quedo unos segundos al lado de la puerta hasta que mis ojos se acostumbran a la penumbra del local. Me dirijo a la barra esquivando las pequeñas mesas con manteles rojos. En el escenario está Wanda presentando su número. Wanda luce desnuda y en cuclillas. Debajo de ella hay tres bolas de billar. De pronto, las tres bolas desaparecen. Es un buen truco, hay que reconocerlo.
  Llego a la barra y me acomodo en uno de los taburetes. Prendo un cigarrillo, le doy una larga pitada, y echo el humo por la nariz.
  Marcos se acerca desde el otro lado de la barra. Lleva una camisa blanca con las mangas enrolladas en los brazos. Coloca un vaso y una botella sobre la lisa madera.
  -Te buscan- me dice mientras sirve el whisky.
  -¿Quién?- pregunto tomando el vaso.
  Marcos hace un gesto con los ojos señalando la oscuridad de los reservados.
  Bebo el whisky.
  -¿Cuándo apareció?- pregunto. El whisky baja por mi garganta como si fuera agua. Miro con extrañeza el líquido ambarino- ¿Esto es whisky?- le inquiero a Marcos agarrando la botella.
  -¿Qué otra cosa puede ser?
  -Es demasiado suave.
  Marcos se encoge de hombros.
  -Llegó esta mañana- me responde.
  -¿Quién?- pregunto totalmente perdido-. ¿El hombre o el whisky?
  -Él- dice Marcos volviendo a señalar hacia los reservados.
  -Bueno- digo yo poniéndome de pie-, ya que esperó tanto, se merece por lo menos que lo escuche. Me llevo la botella

II

  El hombre viste un traje azul oscuro, lleva el pelo peinado hacia atrás y la corbata bien ajustada. Levanta la vista cuando me siento frente a él.
  -Supongo que usted es Ferrari- dice.
  Tiene una voz suave, una voz acostumbrada a dar órdenes.
  -Tal vez- fue lo único respondí.
  El hombre levanta sus manos y las apoya en la mesa. Entrecruza sus dedos y se inclina hacia adelante. Lleva las uñas bien cortadas y limpias. Se nota a la legua que es un “nuevito”.
  -Me dijeron que usted resuelve cosas- susurra.
  -¿Quién se lo dijo?
  Separa sus manos y, con el índice de su mano derecha, apunta hacia arriba.
  Asiento con la cabeza.
  -Continúe- le digo.
  El hombre se echa hacia atrás y se lleva las manos cruzadas bajo el mentón. Parece estar rezando.
  -Necesito encontrar a mi esposa.
  -Eso no sería problema. ¿Está viva o muerta?
  -¿Importa?- se sonríe el hombre.
  Yo no me sonrío. Hace tiempo que ya no le encuentro la gracia a esos chistes.
  -Está viva- me informa-. ¿Contento?
  Ahora el que se inclina sobre la mesa soy yo.
  -Otra ironía de esas y va a tener que buscar a otra persona para que lo ayude.
  El rostro del hombre se ensombrece. Imagino que en su anterior vida tendría el poder suficiente como para hacerme arrepentir de mis palabras, pero aquí es tan insignificante como las moscas que rondan en los basureros.
  -¿Desearía una disculpa?- dice-. Lo lamento, pero eso no va a ser posible. Déjeme tener por lo menos un poco de orgullo- murmura-. Comprenderá que esto es nuevo para mí.
  Suspira. Aprovecho el momento para llenarme el vaso.
  -La cuestión es que debo hallar a mi esposa para arreglar las cosas.
  -Es lo que buscan todos. ¿Quiere un trago?
  -No, gracias.
  -Hace bien. Esto es una verdadera porquería. Cuando uno muere no le dicen que va a perder los sentidos del olfato y el gusto.
  -En cuanto al pago…
  -Aquí el dinero no corre- le digo.
  El hombre se sorprende.
  -¿Y cómo…?
  -No se preocupe, encontraré a su esposa.

III

  Mi nombre es Ferrari y soy investigador privado. O era. Disculpen si se me trastocan los verbos. Antes de eso fui policía. Uno no muy bueno, debo aclararles. Por eso fui separado de la fuerza. Era eso o terminar procesado.
  Lo de investigador no dejaba mucho dinero, o por lo menos no la cantidad que necesitaba para vivir. Verán, mis gustos son caros. Así que encontré un trabajito paralelo con varios prestamistas de la zona. Era sencillo: me presentaba ante los deudores y les aclaraba que, si no pagaban, podría haber consecuencias. Fue necesario romper varios tabiques, algunos brazos, y una que otra pierna para que me tomen en serio, pero después de eso todo fue para mejor.
  Claro que todas las cosas que uno hace en vida las termina pagando en su vida siguiente.
  Si yo hubiera sabido de esa regla con anterioridad…
  Aunque en verdad, muy interiormente, en ese lugar del alma donde se esconden los miedos más primitivos, sí que lo sabemos. Pero “saber” no sería la palabra exacta; sería, más bien, una especie de intuición. Porque todos tememos a lo que nos espera del otro lado.
  "El que esté libre de pecados que tire la primera piedra", decía mi padre. Y teniendo en cuenta esta frase, cuando llega el momento, en esos larguísimos segundos antes de la exhalación final, uno se vuelve loco pensando cuantas cagadas se mandó y si son lo suficientemente graves como para ir derechito al Gran Caldero.
  Pero permítanme que les aclare el panorama: uno palma y llega, por llamarla de alguna manera, a una Estación de Paso. Ahí lo está esperando el Barba con algunos tentempiés para hacer más amena la charla que tendrá lugar.
  Todo empieza con las preguntas de rigor: nombre y apellido, edad, causa del deceso, si SOS creyente o no creyente, nombre del padre y la madre, dirección actual y número de documento.
  Y luego de esto, comienza lo bueno.

  IV

  Voy a ser claro: a nada más que te hayas mandado una cagada grande (tipo tomar una vida), oportunidades para zafar hay muchas.
  Por supuesto que nada es gratis, porque uno tiene más manchas que un tigre y para ganarse el Cielo habría que lavarse con lavandina, así que el Barba decidió mandarme de regreso como Ángel de la Guarda para ir sumando puntos para mi segunda venida.
  Les pido que no se imaginen cosas raras como alitas, aureola en la zabeca y una sábana enrollada al lomo tipo toga. Esas son puras mentiras. Un Ángel de la Guarda es algo así como la conciencia, esa vocecita que algunas veces nos susurra lo que hacer o no hacer, y estamos vestidos comúnmente.
  Mi primer trabajo fue un muchacho obeso, medio raro, y que le encantaba comprar distintas ediciones de un libro en particular. No parecía peligroso. Pero un día se le ocurrió una idea "jonina": quería matar a alguien. Le hablé y le hablé y le hablé y nada, che. El tipo estaba trastornado en serio. Le dije al Barba que el flaco este se iba a mandar una cagada grande y que lo frene, y Él me habló del libre albedrio. Me dijo que insista, que le siga hablando. Le dije: “Lo que usted mande, jefe”, y salí de la habitación.
  Les puedo asegurar que le puse ganas al asunto, pero se me fue de las manos. Al final, un ocho de diciembre de mil nueve ochenta, el gordito le puso cuatro tiros a John Lennon.
  Ahí decidí que el libre albedrío se podía ir a la reverenda mierda y empecé a hacer la mía: si no me escuchaban por las buenas, me iban a escuchar por las malas.

V

  Lamentablemente llegó a oídos del Barba la manera que estaba llevando las cosas y este puso el grito en el cielo. Por más que le demostré que todo iba muy bien, no quiso dar el brazo a torcer y me sacó de los Ángeles de la Guarda.
  -No podemos de ninguna manera interferir en las decisiones que tomen mis Hijos - sentenció-. Ellos deben labrar su camino y atenerse a las consecuencias de sus actos. Eso es la vida.
  -Usted los llama Hijos- le dije yo-, y algunas veces a los hijos hay que encarrilarlos para que no desbarranquen. Eso hacia yo: mantenerlos en el camino correcto.
  -¡Pero no con el uso de la violencia!- estalló el Barba.
  -Mire quien habla: el que mandó tremenda inundación y dejó a todos culo para arriba.
  -¡Yo no tengo la culpa de que caigan dos gotas y se inunde todo! ¡Ahora falta que también me echen la culpa porque se extinguieron los dinosaurios! ¡Yo no ando dirigiendo la trayectoria de los meteoritos que andan dando vueltas por ahí!
  -¿En esa también estuvo usted? Ya no se puede confiar en nadie…
  -¿Ah, si?
  El Barba, si hay algo que no tiene, es sentido del humor.

VI

  -A partir de ahora tu trabajo será ayudar a los recién llegados a cerrar sus asuntos pendientes.
  -¿Garpa bien eso? Yo ya hace tiempo largo que estoy acá y quiero volverme.
  -Te hubieras portado como corresponde y no estarás haciendo esto para ganarte un lugarcito en el Cielo. Pero si así lo deseas, podemos terminar con esto ahora mismo. Vas Abajo a hablar con quien ya sabés, y le decís que te muestre tú parcelita. Esa sí te la ganaste en buena ley.
  -¡Ah, bueno! ¿Y usted vendría a ser el bueno, jefe? Algunas veces no lo parece.
  -¿Aceptás o no aceptás?
  -Claro que acepto. ¿Qué otra me queda? Y dígale al rojito que a la parcela le ponga el cartelito de venta porque yo no voy a ir ni en pedo.
  -Se lo haré saber, no te preocupes.

VII

  Esto les va a parecer raro, pero créanme cuando les digo que conviviendo con los vivos hay espíritus perdidos. Son aquellos que al morir su cáscara (al fin de cuentas no deja de ser más que eso) no toman el camino del ya famoso y bien ponderado túnel luminoso. Es por eso que quedan varados sin posibilidades de partida. Entonces, paralelamente a los demás, siguen con sus cuasi vidas, como si nada hubiera ocurrido.
  No podemos influir en los vivos, ni poseerlos ni nada. Tampoco pueden vernos ni oirnos, aunque está comprobado que los niños y los animales pueden sentirnos.

VIII

  Y ahora tengo que encontrar a esta mujer para que el tipo este arregle las cosas. No es algo fácil, debo decirles. Recuerden que no tenemos forma de comunicarnos con los vivos, salvo que uno sea Ángel de la Guarda. Pero, como dice el dicho, “Hecha la ley, hecha la trampa”. Y por Dios (con perdón del Barba) que trampas existen bastantes.
 




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Última edición por Adrian Granatto el Mar 29 Mar, 2011 18:38; editado 4 veces 
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Mensaje Re: FERRARI / Capítulo 1 De 6 
 
Muy bien, Adriananto....me gusta la historia y quiero ver por donde sigue.....eso si te sugiero que el resto de las partes las sigas publicando en este mismo post que si no el lector se puede perder un poco...Vamos loco, que quiero saber que pasa con el Barbas y su detective estrella
 




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Mensaje Re: FERRARI / Capítulo 1 De 6 
 
Je, está bueno el relato. Yo también quiero saber qué derroteros tomará la trama  
 




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Mensaje Re: FERRARI / Capítulo 1 De 6 
 
OK. Seguire subiendo los capítulos en el mismo hilo (¿por qué se le dice "hilo"?), uno por semana.
Bangor, le mando un abrazo a la distancia.
 




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Mensaje Re: FERRARI / Capítulo 1 De 6 
 
FERRARI / Capítulo 2 de 6




I

     El hombre se puso de pie.
  -¿Cuándo tendrá novedades?- me preguntó.
  -Deme una semana.
  -¿Y mientras tanto?
  -Mientras tanto le aconsejaría que no se meta en problemas.
  -¿Y qué se puede hacer por aquí?
  -No mucho, realmente.
  La botella de whisky estaba vacía y yo seguía tan sobrio como al principio. Extraño cuando podía emborracharme y terminar la noche junto a una o dos prostitutas.
  -Una cosa- le advierto antes de que se marche-: no trate de atravesar paredes. No se puede y va a terminar con la nariz rota.
  -Creí que los espíritus podían hacer eso- dudó el hombre.
  -Créame, no podemos.
  El hombre sonrió. Luego me dio la espalda y cruzó el establecimiento. En el escenario ahora se lucía Stella. Cuando volví la vista, el hombre ya se había ido.
  Bueno, ya tengo algo para hacer, y, aunque suene jactancioso, soy muy bueno para esas cuestiones. Hay personas que nacen buenas para la música, para escribir libros, o para los negocios. Yo nací bueno para encontrar cosas. No entiendo bien como funciona, sólo sé que me es fácil encontrar lo que pierden los demás. ¿Lo más raro que encontré? Un gato bajo un sofá. Una señora se contactó conmigo para que le encuentre a su gato. Me pidió por favor que le traiga a Oliver. Oliver era el gato, por si es necesario aclararlo. Lo encontré muerto bajo el sofá, ya casi piel y huesos. Fue extraño porque en la casa que había sido de esta señora vivía una familia. Esta gente compró la propiedad con los muebles incluidos. Y eso me llevó a preguntarme cómo era posible que tuvieran al pobre animal muerto bajo el sofá y nunca lo hubieran visto. La respuesta lógica era que nunca movieron el sofá para limpiar por debajo. ¿No es escalofriante? Compran una casa, se mudan a ella y nunca jamás mueven el sofá para limpiar bajo él. ¿Qué clase de gente hace eso? Por las dudas, no me puse a averiguarlo.

II

  Me despido de Marcos, dejándole la botella vacía y el vaso en la barra. Salgo a la calle y me encuentro con la lluvia. Odio la lluvia. La odiaba cuando estaba vivo, imagínense de muerto.
  Me levanté el cuello del gabán y me encasqueté el sombrero hasta las orejas. Unas veinte cuadras me separan de mi oficina, así que me lanzo a una carrera para mojarme lo menos posible. Una estupidez, si uno lo piensa un poco. Mojar te vas a mojar igual. ¿Para qué, encima de eso, cansarse al pedo corriendo?
  Estoy tan ensimismado en estas cavilaciones que no veo a la mujer y casi me choco con ella. Está apoyada en la pared y lleva una pollera muy corta. El agua le ha pegado la blusa al cuerpo y le destaca los pezones. Tiene la cabeza gacha y el pelo empapado le cuelga como una cortina cubriéndole el rostro.
  Algo golpea mi cabeza, una especie de luz. Conozco la sensación, es lo que llaman premonición. Algo malo va a pasar.
  Un auto se detiene levantando una pequeña ola de agua que me salpica los zapatos. La puerta del acompañante se abre y la mujer camina hacia él.
  -No lo hagas- quisiera decirle, pero estoy atado a las leyes de mi nueva condición.
  El auto arranca y los veo alejarse.
  -Una más para el rebaño- escucho tras mis espaldas.
  No me doy vuelta. Conozco la voz y a quien pertenece.
  -Hola, Charles- lo saludo.
  -¿Cómo van tus cosas, Ferrari?
  -No me quejo. ¿Dónde está tu amiguito?
  -Estoy solo, Ferrari.
  Me sonrío un poco.
  -Eso es mentira. Los de tu calaña nunca van solos, Charles. No soportan un enfrentamiento uno a uno, son cobardes. Ustedes se mueven en grupos.
  -Aquí estoy- dice una sombra desprendiéndose de la pared. Una sombra enorme, debería añadir.
  -Hola, grandote.
  -Mi nombre es Kong- gruñe el grandote.
  -Un nombre muy a tono, grandote. Te felicito. ¿Qué piensan hacer con la mujer?
  -Llegó al final de su camino- dijo Charles-. Era su destino.
  Charles tiene una cabeza calva y de aspecto ahuevado. Es unos centímetros más bajo que yo y le gusta vestir pantalones a cuadros.
  De la misma manera que hay Ángeles de la guarda, existe la contrapartida: unos seres que incitan a hacer las peores maldades. Al contrario que nosotros, ellos no están atados a ninguna ley. Directamente se entrometen en la vida de los demás y le resoplan en la nuca todo el tiempo. Ellos sí que se cagan bien cagados en el libre albedrío. Algunas veces pienso que me equivoqué de bando.
  -¿Su destino o el que tú quieres darle?- pregunto.
  -¿No es lo mismo?
  Charles se sonríe y me dan ganas de bajarle todos los dientes de una trompada.
  -¿Quién es este tipo que pregunta tanto?- dice el grandote. Se inclina sobre Charles y adelanta la mandíbula hacia mí.
  -Nadie en especial- dice Charles-. Bueno, eso si obviamos que por su culpa murió Lennon.
  -¿Quién es Lennon?- pregunta el grandote.
  El pelado lo mira boquiabierto y luego resopla.

III

  En ningún momento pensé que este encuentro era una casualidad. Charles es casi la mano derecha del rojito. Y cuando el rojito quiere algo en especial, ahí es cuando el pelado hace su aparición.
  -Me entere que conseguiste un laburito. Te felicito, Ferrari. Últimamente las cosas no te estaban yendo muy bien.
  -Lo normal, como siempre.
  -Mi jefe está dispuesto a darte una mano. Sabés que él te tiene en alta estima.
  -No me gusta compartir el crédito con nadie. ¿Es necesario mantener esta conversación bajo la lluvia?
  -¿No te gusta la lluvia? Eso podemos arreglarlo.
  El pelado hace un gesto con su mano y la lluvia cesa. Eso también podría hacerlo yo, si quisiera. Pero ya saben, está lo de las leyes y todo eso.
  -¿Mejor así?- pregunta el pelado extendiendo las manos con las palmas hacia arriba.
  Me encojo de hombros.
  -He visto mejores. ¿Por qué tu jefe está tan interesado en este caso?
  -No lo sé. A él no le gusta que le pregunten esas cosas. Él manda y yo obedezco. Me dijo que te brinde toda la ayuda posible.
  -¿Y si yo no deseo que interfieran?
  -Para eso está Kong.
  -¿Ah, si?
  El grandote da dos pasos y me muestra los puños.
  Una cosa que deben saber es que, espíritus y todo, seguimos teniendo sensibles nuestras partes nobles.
  La patada le calza justo en los testículos al grandote y lo dobla en dos. Aprovecho la circunstancia para patearle la cabeza y, ya que estamos, darle otra patadita en el costado. Esta última viene acompañada con el ruido de algunas costillas rompiéndose. Sé que no se va a morir, después de todo ya estamos muertos, pero el sonido es altamente gratificante.
  Charles retrocede. Como ya les dije, son seres cobardes.
  Lo tomo de la chaqueta y lo estampo contra la pared.
  -No te quiero cerca, Charles.
  -Cuidado, Ferrari, hay cosas que escapan a nuestra comprensión. Nosotros solamente somos peones en este juego.
  -Nunca me gustaron los juegos de mesa. Decile al rojito que no me rompa las pelotas. Si tiene algún problema, que lo arregle con el Barba.
  Lo solté. El pelado se acomodó la chaqueta sin quitarme la vista de encima.
  -Por ser de los buenos, SOS muy violento, Ferrari. ¿No te inculcó tu jefecito el respeto por las leyes?
  -Sí, pero a veces me las olvido.
  La trompada lo agarró de sorpresa al pelado y quedó despatarrado en el suelo.
  -¡Hijo de puta!- grita con los ojos llorosos y sangre manándole de nariz y boca.
  -Es lo que te decía: a veces me olvido de las cosas. Capaz es Alzheimer.

IV

  Una vez en la oficina, medito sobre lo acontecido. El hombre debe ser alguien importante si el rojito está tan interesado en él. ¿Lo sabrá el Barba? Supongo que sí, muy pocas cosas se le escapan. Y teniendo eso en cuenta, recuerdo la seña que hizo el hombre en el cabaret ante la pregunta de quien le había hablado de mí.
  De un armario derruido saco una botella de brandy. Lleno un vaso y lo llevo al escritorio.
  No puedo sacarme de la cabeza que no estoy en esto por casualidad. En algo tenía razón el pelado: me siento un peón estúpido.
  Me bebo el contenido del vaso de un trago. Es una lástima no poder emborracharme, me vendría muy bien ahora.

V

  -¿Qué pasa, amigo mío?
  -¿Me estás usando para algo?
  -¿Yo? Yo soy de la política del libre albedrío.
  -¿Sabés que no te creo nada? ¿Qué estás tramando?
  -Como me conocés, eh. SOS uno de los pocos que heredó mi inteligencia.
  -No me sobés el lomo, Barba, y soltá todo el entrevero.
  -Por más que quiera, no puedo, hijo.
  -¿Me largás al muere así nomás?
  -Nunca vas a estar sólo, sabelo. Ahora, necesito que encuentres a esa mujer. Lo importante es la mujer.


VI

  Abrí los ojos. Los retazos de sueño ya se están desvaneciendo, pero la última frase sigue resonando.
  Lo importante es la mujer.
  ¿Eso qué quiere decir? ¿Qué debo proteger a la mujer o que es importante encontrarla? La puta madre el Barba y su manía de no decir las cosas de frente.
 




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Mensaje Re: FERRARI / Capítulo 1 De 6 
 
Bien, bien, bien... ya vamos viendo por dónde anda el Ferrari y cuál es su cometido. Pinta muuuy bien esta historia, jejeje...
 




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Mensaje Re: FERRARI 
 
FERRARI / Capítulo 3 de 6



I

     Me levanté dos horas después y me pegué una ducha. Al pasarme la mano por la cara noto una barba de varios días. Antes habría sacado la navaja y me hubiera afeitado, pero los espíritus no nos reflejamos en los espejos y es difícil rasurarse sin verse. Hay muchas cosas que los espíritus no podemos hacer, y odio cada una de ellas.
  Una vez en la calle me dirigí a la barbería de Manero. Mientras camino, observo a la gente. Se los ve angustiados, enojados, descontentos. Es difícil ver en ellos algún rasgo de felicidad. Me gustaría gritarles que la vida es corta y que malgastarla en esos sentimientos negativos es una mala elección, pero ya he aprendido que es al pedo. Es como que les gustara ese estado de desdicha. En eso tiene mucho que ver cuernitos. Sus secuaces expanden demasiada mala vibra en dosis de pesimismo.
  Acercándose de frente a mí, caminando con uno de esos aparatos por los que hablan, viene una mujer. La mano libre la usa para gesticular como una loca. Los demás la esquivan pasando a centímetros de ella. Me detengo y observo su andar. Un auto toca bocina, no sé si a ella o a otro vehículo. Ella gira la cabeza y es en ese momento cuando choca conmigo. Trastabilla dando tres pasos hacia atrás con un gesto de sorpresa en el rostro y el aparato se desliza de su mano. La mujer acaba por perder el equilibrio y comienza a caer de espaldas. Va a ser un golpe feo si nadie la detiene. Yo no puedo. No debo inmiscuirme.
  El aparato llega primero al suelo y se rompe en pedazos. Me imagino la cabeza de la mujer rompiéndose de la misma manera.
  Y de pronto, allí está.
  Un brazo detiene la caída de la mujer tomándola de la cintura.
  -¿Está bien?- pregunta el joven que la ha ayudado a recobrar la verticalidad aun sin soltarla de la cintura.
  Es más que suficiente. Un acto de bien por día ayuda al mundo a seguir girando. Capaz les parezca poco, pero créanme cuando les digo que todo suma.

II

  Una campanilla tintinea cuando abro la puerta de la barbería. Todos los presentes, unas quince personas, clavan su mirada en mí. De pronto me siento una mariposa en medio de una reunión de entomólogos.
  -¿Cómo va todo, Ferrari?- me saluda Manero-. Veo que necesitas una afeitada.
  -Así es.
  -Y has venido al lugar indicado- se sonríe Manero-. Como veras, hay que esperar.
  -No tengo apuro.
  -¿Y quién lo tiene? Ya estamos muertos, ¿no es verdad?
  Me siento cerca de una mesita baja repleta de revistas de historietas. La más nueva creo que es el Libro de Oro de Patoruzu de 1942.
  -¿Vas a renovar las revistas alguna vez?- le pregunto a Manero.
  -¿Para qué? Las de ahora son una porquería. Esas de ahí es verdadero arte.
  ¿Cómo negárselo?

III

  Cuando llega mi turno de sentarme en la silla, Manero coloca sobre mí una inmaculada bata blanca. Luego acerca una toalla caliente y con ella envuelve mi rostro.
  -¿Te hago el completo?- me pregunta. Su voz me llega amortiguada por la toalla.
  Asiento con la cabeza.
  Me quita la toalla y procede a hacerme un masaje facial con un aceite de rico olor. Hecho esto, procede a enjabonarme con una brocha de pelo natural y una crema de extractos naturales. Luego toma la navaja (una nueva para cada cliente) y me afeita en el sentido del crecimiento del pelo. Cuando acaba, vuelve a enjabonarme y hace una segunda pasada. El paso siguiente es colocarme una toalla de agua fría para limpiar y cerrar los poros. Y para finalizar, un tónico calmante o astringente según el tipo de piel. Este paso es muy importante, ya que la tonificación es clave para proteger la piel de las agresiones del medio ambiente.
  Sí, ya sé, da medio trolo, pero me gusta que me hagan todo eso.

IV

  La dirección que me pasó el hombre del cabaret resultó ser una residencia de dos pisos con un amplio parque arbolado. Un paredón de unos dos metros y medio la rodea. En la reja de entrada hay una garita. Dentro de ella hay un hombre vestido con un uniforme de seguridad privada leyendo el diario. Sobre él hay tres pantallas mostrando diferentes zonas del parque.
  Trepo la reja y me dejo caer del otro lado. El de seguridad saca la vista del diario y echa una mirada al portón. Por un momento nuestras miradas se cruzan y lo noto estremecerse. Eso es lo que ocurre cuando ves a un espíritu a los ojos, sientes un estremecimiento helado que te recorre por entero. Esto ha dado lugar a una superstición bastante lúgubre, la de que alguien acaba de pisar el lugar donde algún día estará tu tumba.
  Me acomodo el sombrero y comienzo a andar hacia la casa. El camino está franqueado por unos arbustos bajos muy bien podados. Frente a la casa hay estacionado un camión. “Mudanzas Jaime” se lee en ambos laterales. Eso me da mala espina.
  Una escalinata lleva a las puertas dobles de entrada. Al poner el pie en el primer escalón, tres perros hacen su aparición.
  -Hola, perritos.
  Por toda respuesta, los tres gruñen.
  -No es necesario ponerse así. Yo soy de los buenos.
  El de mi derecha comienza a ladrar y a los pocos segundos dos hombres doblan la esquina de la casa.
  -¿Qué pasa?- dice uno de ellos acariciando al que había ladrado.
  Ambos hombres giran sus cabezas buscando al responsable de la alarma de los caninos. Por supuesto no ven nada y terminan por llevarse arrastrando a los pichichus.
  Continúo mi ascenso por la escalera y tanteo el picaporte de la puerta.
  Está abierta.
  Ingreso a una salón vacío. Una escalera con un lustroso pasamano se pierde en el piso de arriba. En las paredes desnudas se notan las señales de antiguos cuadros. Unas cestas de mimbre descansan a un costado de la puerta. Dentro de ellas hay objetos envueltos en plástico.
  ¿Estamos de mudanza?, pienso.
  Como para darme la razón, tres hombres bajan por la escalera trayendo un mueble alargado, una especie de cómoda. Una mujer baja tras ellos dando indicaciones.
  Los espíritus no necesitamos del aire, no respiramos, pero les juro que la belleza de esa mujer me quitó el aliento.

V

  Era joven. Sus ojos verdes eran un pozo donde cualquier hombre se hundiría. Bueno, también me hundiría entre sus tetas, pero ese es otro tema.
  Subo el primer piso y encuentro el dormitorio de ellos. Para mí sorpresa, de aquí no han tocado ningún mueble. En la mesita de noche, al lado de una lámpara pequeña, descansa un libro. El señalador marca más o menos la mitad. Sobre el libro, un par de anteojos. Al lado del libro, una foto enmarcada muestra al hombre del cabaret con la mujer de abajo. Ambos sonríen a cámara.
  -Lindos, ¿no?- me susurran al oído.
  Es difícil asustar a un espíritu, pero al Barba siempre le gustó.
  -¡La puta que te parió, Barba! ¡No hagas eso!
  -La boquita, Ferrari.
  -¿Y qué queres si me asustaste?
  -¿Yo te puteo a vos? La educación es la base de todo, Ferrari.
  -Pues no es nada educado ir por ahí asustando a la gente, Barba. A todo esto, ¿qué hace por acá?
  -Me contó un pajarito que golpeaste a alguien ayer.
  -¿Este pajarito en particular es rojo y con cuernos?
  -Sí- se sonríe el Barba-. Bastante feucho el pobre. ¿Qué dijimos de la violencia, Ferrari?
  -No me acuerdo. ¿Me lo repite, por favor?
  -No te hagas el boludo conmigo, Ferrari. Yo sé todo.
  -Y si lo sabe, ¿para qué pregunta? ¿Escuché mal o me dijo “boludo”? ¿Adónde se fue la educación?
  -No me cambies de tema. ¿Le pegaste a alguien sí o no?
  -Lo sacudí un poco a ese lameculos del Charles. Me vino a ofrecer ayuda. Acá hay algo raro, Barba. Todavía no sé que es, pero algo raro hay. ¿Y sabe qué? Creo que usted lo sabe. ¿Qué pasa, Barba?
  -Es algo importante- se pone serio el Barba-, pero no puedo decirte nada. Confío en vos, Ferrari, para que arregles este embrollo.
  -“Es algo importante, pero no puedo decirte nada”- lo imito-. Usted nunca puede decir nada. Ya me tiene los huevos llenos con eso.
  -Está bien. ¿Queres saber? Preguntame lo que quieras.
  Lo miro. El Barba está con las manos en la espalda y se hamaca hacia delante y atrás con la punta de sus pies. Parece un nene ansioso esperando que le pregunte como le fue en el primer día de colegio.
  -No- le contesto-, prefiero averiguarlo por mi mismo.
  -Bueno. Que conste que quise contarte y no quisiste.
  El Barba se sonríe. Otra vez se me viene la imagen de un nene, pero esta vez luego de hacer una travesura. Algo se trae entre manos el Barba.
  -Por otro lado- sigue hablando Él-, tratá de no pegarle a nadie más.
  -Era de los malos, Barba.
  -Acá no hay ni buenos ni malos, Ferrari. El día que comprendas eso habrás dado un gran paso.
  Y así como se apareció de la nada, desapareció.
  Odio cuando hace eso. A estas alturas se habrán dado cuenta que odio muchas cosas.

VI

  Los muchachos de la mudanza terminaron de cargar el camión y la mujer firmó unos papeles. El camión se marchó y la mujer quedó sola.
  La acompañé mientras ella hacia una (creo yo) última recorrida a la casa ahora vacía (menos el cuarto que, sospechaba, ambos compartían). A este cuarto en especial le echó una mirada rápida y cerró la puerta con llave.
  No hubo algo mucho más interesante que eso.
  Cuando salió, un auto deportivo descapotable la esperaba en la puerta. Me acomodé en el asiento trasero mientras ella se ponía detrás del volante. Al llegar a la reja saludó cortésmente al guardia y le entregó un sobre en el cual había colocado las llaves de la residencia.
  -Entrégasela a Alex. Él sabe que hacer.
  -Muy bien. Hasta luego, señorita Mintel.
  Ella sonrió y luego nos marchamos.

VII

  Saqué mi libreta y anote “Alex”. Tendría que averiguar quien era para no dejar cabos sueltos.
  El paseo fue largo. Salimos de la ciudad y el verde nos rodeó. Nos desviamos de la carretera principal e ingresamos en un camino de grava suelta que golpea la carrocería bajo nosotros.
  El nuevo camino sube en una suave pendiente. En uno de los tantos recodos, apoyado contra un árbol, lo veo a Charles. Me saluda cuando pasamos a su lado.
  Algo está mal.
  El auto se detiene y la mujer se gira en el asiento. Me mira directamente, clavándo sus ojos en los míos, y en ningún momento la noto estremecerse.
  -Lo siento, Ferrari- me dice.
  Esto realmente está mal.
 




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Mensaje Re: FERRARI 
 
¡Co**!, ¿qué ha pasado al final? Ay, esto tiene mala pinta, ¿no?

Ya me he quedado temblando... hasta la semana que viene  
 




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Mensaje Re: FERRARI 
 
¿Semana que viene? Nooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo, yo quiero más Ferrari pero YA  
 




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Mensaje Re: FERRARI 
 
Lamentablemente hay que esperar, señores. Tengan en cuenta que por lo menos necesito una semanita para pergeñar algo más o menos pasable para continuar la historia. Porque esto no está escrito de antes, lo hago al paso, sin red.
 




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Mensaje Re: FERRARI 
 
Yo sé---......pero lo decía por la emoción, la historia está muy buena, felicitaciones
 




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Mensaje Re: FERRARI 
 
FERRARI / Capítulo 4 de 6


I

     Fue tal la sorpresa, que quedé sin reacción. Y antes de que pudiera recomponerme, apareció sentado a mi lado el grandote, el compañero de Charles. Se sonreía como estúpido.
  Lo que no fue para nada estúpido fue el bollo que me puso en el medio de la trompa. Reboté contra el asiento y opto por hacerme el desmayado. Es eso o comerme otra piña.
  El grandote me toma del gabán y me zamarrea. Me hago el boludo y gimo un poco. Entre mis párpados entrecerrados lo veo cerrar el puño y apuntarme para meterme otro trompazo.
  Esto va a doler, pienso, pero me salva la campana.
  -Dejalo- le escucho decir a Charles.
  -Me pegó en los huevos- refunfuña el grandote.
  -Y vos le acabás de hacer mierda la cara- replica Charles-. Creo que están a mano.
  -En los huevos duele más- solloza el grandote, soltándome.
  -Hiciste bien- dice Charles. Supongo que habla con la mujer.
  La mujer dice algo que no llego a entender.
  Y de pronto me siento alzado por los aires. No es necesario ser muy inteligente para comprender que el grandote me lleva en sus brazos. Aunque hago un esfuerzo titánico, no puedo evitar que en mi mente se visualice la imagen clásica de los recién casados: el esposo llevando a su mujer en andas para cruzar el umbral de la puerta.
  Escucho el auto arrancar y alejarse.
  -Vamos- dice Charles-. El jefe quiere hablar con él.
  Si pensaba que las cosas venían mal, le erraba por mucho. Si el mismísimo cuernitos quería hablar conmigo cara a cara, la cosa ya tomaba visos de extrema gravedad.

II

  Seguir en la onda hombre desmayado ya no sirve. Me arriesgo a abrir los ojos mientras gimo quedamente para darle un toque realista al asunto.
  -Creo que está despertando- dice el grandote.
  -Soltalo- ordena Charles.
  El grandote se toma la orden al pie de la letra y abre los brazos. Me pego tremendo golpe en el huesito dulce.
  -Ferrari, ¿por qué me la complicás?- me dice Charles acuclillándose a mi lado-. El jefe quiere verte. Y cuando el jefe quiere ver a alguien, ese alguien obedece.
  -¿Qué tiene que ver la mujer en todo esto?- pregunto poniéndome en pie y sacudiéndome los pantalones
  -Eso te lo puede contestar personalmente el jefe. Dale, Ferrari: vení con nosotros. No nos pongas las cosas difíciles.
  Si hay algo que no puedo evitar, y que me ha metido en sinfín de problemas, es la curiosidad. Y el tono de ruego en las palabras de Charles me da la suficiente curiosidad como para aceptar la invitación.
  -Está bien- digo-, vamos.
  -Perfecto- dice Charles con un suspiro de alivio-. El jefe estará contento de verte.

III

  Así como no puedo evitar ser curioso, tampoco puedo evitar envidiarles algo a los del bando del rojito: la autotransportación. Los tipos van de un lado a otro en un abrir y cerrar de ojos, mientras que nosotros tenemos que patearla hasta gastar las suelas.
  De pronto estoy en la habitación de un hotel; un penthouse, a juzgar por la majestuosa vista que se observa desde el gigantesco ventanal que ocupa toda una pared. De Charles y el grandote no hay rastro.
  -¿Puedo ofrecerle un trago, Ferrari?- pregunta un hombre que está a la izquierda del ventanal. Lleva un traje blanco que contrasta con el color de su piel. Es del tono que toma una persona que se queda dormida en la playa a las dos de la tarde, ese color rojizo onda camarón que hace que te la pases puteando por el resto de las vacaciones. Sobre su frente se ven dos pequeñas protuberancias que, supongo, cuando lleva el pelo suelto (en este momento lo lleva atado en una coleta) quedan ocultos bastante bien.
  -Un whisky me vendría bien- digo yo.
  Rojito se me acerca con un vaso en la mano y me lo ofrece. Tomo el vaso y le hago un gesto con la cabeza. Él sonríe.
  -Salud- me dice alzando su propio vaso.
  -Salud- repito.
  Me bajo el contenido del vaso de un trago. De repente siento que la garganta me arde y los ojos se me llenan de lágrimas. Toso y me apoyo contra el cristal del ventanal para no caer de rodillas.
  -¿Demasiado fuerte para usted?- me pregunta el rojito.
  -¿Qué es eso?- logro decir.
  -Whisky- dice él frunciendo el entrecejo-. ¿No fue eso lo que me pidió?
  -Quema- es lo único que se me ocurre responder.
  -Bueno, creo que esa es la idea.
  -Deme otro.
  Rojito camina hasta el bar y comienza a servir. Me coloco al lado de él y me acodo en la barra. Me tiende el vaso nuevamente lleno y esta vez me tomo el tiempo para saborearlo.
  -Hace mucho tiempo que no bebo un whisky tan bueno.
  -Es lo malo de morirse: uno pierde algunos sentidos. Pero como un pequeño obsequio por haber aceptado mi invitación, me he tomado el atrevimiento de devolvérselos por el tiempo que estemos charlando.
  -Me parece bien- digo mientras observo el dorado líquido al trasluz- ¿De qué quería hablar?
  -Me cae bien usted, ¿sabe? Directo al grano, sin vueltas. No como el de arriba que te empieza con eso de “no puedo decirte nada”.
  Una sonrisa me jugueteó en los labios, no pude evitarlo.
  -No quiero que molestes a la mujer, Ferrari. Ella y yo tenemos un asunto de negocios entre manos. Yo no me inmiscuyo en sus asuntos y no quiero que ustedes se inmiscuyan en los míos. ¿No le parece justo?
  -¿Y qué clase de negocios puede tener usted con la señorita? ¿Todavía sigue ofreciendo tratos a cambio de almas?
  Rojito se rió.
  -Tengo billones de almas allá abajo, Ferrari. ¿Usted se piensa que necesito más? ¡Ya no entramos, Ferrari! No, no necesito más almas. En verdad, ya me cansé de las almas. Los tratos los sigo haciendo, eso sí. Me causan gracia las cosas que piden algunos, aunque hay dos ítem que ya son clásicos: poder y dinero. ¿Y sabe quienes son los que más piden eso? Los hombres.
  -Mire usted.
  -Los hombres son muy predecibles, Ferrari. En cambio las mujeres…
  Rojito se agarra la entrepierna y sacude la pelvis obscenamente.
  -Las mujeres no quieren dinero ni poder. No les interesa.
  -¿Y qué les interesa a las mujeres?- pregunté.
  -Sólo una cosa, Ferrari: belleza.

IV

  -Las mujeres saben que con la belleza tienen a sus pies a aquellos hombres que desean poder y dinero. ¿Sabe una cosa, Ferrari? Me siento identificado con las mujeres. Ellas son ladinas, juegan con los hombres como hace un gato con el pobre ratón antes de darle el zarpazo final.
  -No todas las mujeres son así.
  Rojito hace un gesto despectivo con la mano.
  -Hay una pequeña minoría dando vueltas por ahí que se creen la gran cosa, lo admito.
  -Lamentablemente, yo también tengo un negocio entre manos- dije a la vez que dejaba el vaso vacío sobre la barra-. Mi negocio era encontrar a esa mujer.
  -Lo sé, Ferrari, lo sé- asintió con la cabeza rojito-. El hombre del cabaret, ¿no es cierto? El marido de la mujer.
  -Si lo sabe, ¿para qué pregunta?
  -No sería buena idea que los junte, Ferrari.
  -No es la primera vez que hago esto. Seguramente el hombre querrá despedirse de su esposa.
  -No creo que justamente quiera despedirse, Ferrari. Más bien creo que está buscando venganza.
  -¿Venganza?
  -¿Usted no la buscaría si hubiera sido su queridísima esposa la que lo matara?

V

  Me sorprendí, pero muy poco. Inconscientemente me la veía venir.
  Rojito seguía bebiendo de su vaso y me observaba.
  -¿Le sirvo otro?- me preguntó.
  -No, gracias. Ya bebí demasiado.
  -Hace bien, es un feo hábito. Yo tendría que dejarlo también, pero soy de carácter débil y me cuesta.
  -Me gustaría marcharme.
  -Ahí está la puerta- me señaló con el vaso-. No es usted un prisionero.
  -Fue un placer hablar con usted- lo salude.
  -Igualmente- respondió.
  Me encamine hacia la puerta, y ya tenía la mano sobre el picaporte cuando volvió a hablarme.
  -Le vuelvo a repetir que usted me cae bien, Ferrari. No quisiera lastimarlo, ¿me entiende? Dígale a su cliente que no la pudo encontrar.
  -Siempre encuentro lo que busco, ¿no se lo dijeron?- le contesté sin darme la vuelta, la mano todavía sobre el picaporte.
  -¿Y nunca se preguntó cómo encontró a la mujer tan rápido?
  Dudé unos segundos.
  -Supongo que por suerte.
  -Demasiada suerte, diría yo. Creo que ni sudó buscándola.
  Solté el picaporte y me encare con el rojito.
  -¿Qué quiere decir?
  -Tranquilo, Ferrari, no se me ofusque. Digamos que le brindé una ayudita. Era la única manera de hacerlo venir ante mi presencia. Y funcionó, ¿no es cierto?
  -Nadie me maneja.
  -¿De verdad? ¿Cree que el de arriba no lo maneja a su antojo, también? Él es el gran titiritero, Ferrari. Él mueve los hilos de todas las personas. Sutilmente, eso sí, por eso del libre albedrío que tanto proclama, pero siempre le gustó meter mano en la vida de sus hijos.
  Una furia iracunda me envolvió.
  -Cuidado, Ferrari. ¿Qué le dijo Él sobre la violencia?
  No pude contenerme. En cinco zancadas ya estaba al lado de él y lo tomaba del cuello. Lo levanté del piso y lo estrellé contra la pared.
  Él reía.
  -Siempre dije que estabas del lado equivocado, Ferrari. Y sé que tú también lo has pensado. Mírate. ¿No te sientes vivo en este momento?
  Mi mano se cerró más sobre el cuello de rojito.
  -¿Lo estás disfrutando, verdad?- habló casi sin voz.
  -No- contesté soltándolo y volviendo a la puerta-. Sólo quería ver que se sentía tener al mismísimo señor de la oscuridad en mis manos.
  -¿Y qué se siente?- pregunta él. En su voz había una nota de orgullo.
  Con la puerta ya abierta, me detuve y lo miré.
  -Nada- repuse-. Es algo que no vale la pena.
  Cerré la puerta detrás de mí, no sin antes ver que a rojito se le contraía la cara en un gesto de odio. Acababa de ganarme un enemigo peligroso.
 




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Última edición por Adrian Granatto el Mar 05 Abr, 2011 12:35; editado 4 veces 
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Mensaje Re: FERRARI 
 
¡Guau! Ya tenemos al mismísimo Señor de las Tinieblas en el escenario, jajaja... Pobre Ferrari, se ha metido en un buen lío.
 




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Mensaje Re: FERRARI 
 
La cosa se le complica a Ferrari. Aguante que falta poco.
 




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Mensaje Re: FERRARI 
 
Te superas pibe...en cada capítulo te superas.....ya quiero el otro capítulo.....será una larga semana  
 




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