que soy un poco (mas bien muy) desconfiado en mis capacidades.... sinceramente no se que pensar de mi relato.. a ratos me, gusta ratos no...
Lo mejor es publicar y que juzgen ustedes...ya lo hice en Club bizarro y sinceramene no pense que pasaria a la primera... ahora quiero saber que piensan ustedes-.... sin más preambulos aqui les subo mi relato... acepto todo tipo de comentarios, buenos o malos, así como consejos...
AGACHA LA CABEZA
Hace un par de días cayó 273. Una verdadera lastima, él me agradaba. Dicen que dejo de teclear por su cuenta, que se cansó y solo se detuvo. No le reprocho nada. 312 me dijo en el almuerzo que tal vez Ellos ya no lo querían, que le ordenaron detenerse, mientras que los demás agachábamos la cabeza. Pudo ser así. Al fin y al cabo Ellos nos dan las órdenes. No creo que él quisiera detenerse sin más.
Nadie sabe quienes son Ellos, solo tenemos por regla acatar las ordenes que enviaban por medio de un tablerillo electrónico que teníamos encima de los ordenadores, no se nos permitía verlos, no podíamos revelarnos, no nos debíamos movernos a menos que Ellos lo desearan, todo por medio de aquel tablerillo.
El puesto de 273 no quedo vacante mucho tiempo. Su lugar lo ocupó un neófito. Respondía al nombre de 789, Apenas se sentó, se puso a teclear, como todos cuando somos nuevos. Rápido hasta mellarse los dedos. Pobre. Tarde o temprano se dará cuenta que eso no sirve de nada.
Nuestra vida era muy simple. Levantarnos a la hora indicada; Asearnos en el menor tiempo posible; desayunar lo estrictamente necesario para evitar la fatiga matutina; trabajar hasta que era hora de almorzar, para luego volver por la segunda ronda y luego ir a dormir. Todo igual, todos los días. Nuestros ratos de esparcimiento se centraban a la hora del almuerzo. Podíamos charlar quince minutos después de almorzar con quien quisiéramos, pero no podíamos ser mas de dos. Más, significaría para ellos un intento de rebelión. Teníamos que acatar órdenes.
¿Qué tecleábamos? Lo que quisiéramos. Podían ser temas tan cultos como criticas literarias acerca de la obra de Poe, o discusiones sin sentido sobre la inmortalidad de la cucaracha. También era valido escribir letras impronunciables tipo Lovecraft, pero en horas de trabajo, debíamos siempre teclear. Si no lo hacías, tenías que erguir la cabeza. A pesar que desde que llegué a este lugar estoy tecleando, no se para que lo hacemos. A veces me pregunto de qué les sirve a ellos un montón de palabras inconexas. Le pregunté una vez a 893. Me respondió que en algunos momentos es mejor no hacer ese tipo de preguntas. Pensé un rato en esta respuesta y le di la razón.
No todo era tan malo. Por lo menos una vez al año se nos permitía enamorarnos y estar un rato a solas con aquella persona. No se podía procrear, pero podíamos tocarnos todo lo que quisiéramos y donde quisiéramos.
Una vez me enamoré de una chica hermosa, tenía unos enormes y bellos ojos avellana. Se sentaba a tres puestos de donde yo estaba. A veces la miraba de reojo mientras tecleaba letras inconexas. Yo aun no había gastado mi pasé para enamorarme y sabía que ella tampoco, así que pensaba pedir el permiso si ella quería gastar el suyo conmigo. Su numero era el 621, un numero bonito pensé, iba con ella, con su belleza, con aquellos labios rosas, que gracias al cielo, cuando aceptara, podría besar. Sin embargo, en los almuerzos nunca pude hablar con ella. Siempre estaba con alguien cuando yo quería acercármele. No saben cuanto lo lamento.
Todo sucedió muy deprisa, pero al mismo tiempo en cámara lenta. Un momento estaba escribiendo sobre animales y plantas que había conocido por libros, al otro estaba con los ojos empañados por las lágrimas, tecleando sin sentido, mientras detrás de mí los de limpieza levantaban el cuerpo descabezado de mí amada 621. En retrospectiva ocurrió con una velocidad endiablada, pero lo que sucedió en pocos segundo para mi fueron horas.
Hay dos filas de ordenadores las cuales forman un pasillo. Así es más fácil para ellos. Yo tecleaba como cualquier otro día. Esperando, como cualquier otro día, no tener que erguir la cabeza. Viendo de reojo a mi amada, con ganas de hablarle, pero si lo hacia probablemente moriría. Debí hacerlo.
Existen tres maneras de morir. La causa natural es algo así como una lotería, pocos sacan los números adecuados, Aunque tal vez a uno que otro le de un paro cardiaco antes de que el rayo les corte la cabeza. La primera y la más conocida, es que no le agrades a ellos o no hagas tu trabajo como debieras, independientemente cuanto teclees. Podrías teclear una semana de seguido y si a ellos no les gusta tu trabajo, hay rayo.; la segunda es quebrantar las normas como hablar durante el trabajo o hablar cuando no esta permitido, dejar de teclear por mas de diez segundos, etcétera y etcétera, en fin, cualquier regla extravagante que ellos inventen; la tercera es la mas temida por todos, bien porque es la mas probable en ocurrir o bien porque es la mas injusta de todas. Que el ordenador se bloquee en medio de tu trabajo es el temor mas grande que corremos todos. Así fue como murió mi amada.
Ese día estaba más hermosa. Solo Dios sabe por qué el día de nuestra muerte nos vemos más bellos, Como muñecos de cera recién maquillados. Su piel blanca contrastaba con su largo cabello rubio sujeto con una coleta. Sus ojos centellaban por una luz imprecisa y desconocida; pero más bella aun que la anhelada luz solar. Todo esto pude verlo de reojo. Tenia una mirada de profunda concentración, solo después pensaría que era terror veía en sus ojos. Ella sabía lo que ocurriría.
Continué con mi trabajo. Pensé que si seguía mirándola de reojo llegaría un momento en que daría vuelta a mi silla y solo me dedicaría a mirarla mientras todo el mundo se apresuraba a agachar la cabeza. Tecleé cualquier cosa, creo que era algo relacionado con 621, no recuerdo bien. De improvisto, el tablerillo comenzó a brillar. Primero aparecían unas líneas horizontales titilantes. Era la señal de alarma. Todos debíamos prepararnos en agachar la cabeza, debíamos prepararnos para lo peor, el dilema de siempre. Un temor conocido se distendió en el aire como gas corrosivo. Me aterroricé. Sabía que ellos me habían descubierto mirando de reojo a 621. Sabía que se habían enfurecido por eso. Estaba tan metido en mis cavilaciones que no escuché el desesperado golpear de teclas. Enseguida en el corredor, la presión aflojó, aunque nadie exhalo ni un suspiro de alivio. El grupo se había reducido a cien. Debí sentirme aliviado de que no cayera en mi grupo, Pero la verdad es que había volteado y comprendí que era lo que pasaba. No asocié el 6 que había salido a mi amada en ese momento, pero mi mente me dio una buena patada. Ella luchaba frenéticamente con el teclado. Sus dedos volaban emulando a Mozart en una de sus interminables sonatas. Mientras los demás del grupo del seis miraban aterrados al tablerillo, yo sabia por quien era que debíamos agachar la cabeza. Ella también lo sabía, eso no lo dudo.
El ordenador se había bloqueado. Lo se porque vi como ella mientras tecleaba y lloraba, la pantalla seguía igual de inmóvil. Yo horrorizado veía saltar sus cabellos por la desesperación con la que se movía. Tres de mis compañeros se percataron de la hermosa muñeca de cera que peleaba por su vida. Yo había quedado paralizado. Los demás observaban expectantes. El segundo número había salido, No lo vi. Ella lloraba, las lágrimas le bajaban por el cuello, la cara la tenia roja, los mocos comenzaron a resbalar. Volteó hacia donde yo estaba, creí que me miraba. Fue la primera de los dos en verlo. Un zumbido estalló en algún lado detrás de mí. Mi cuello estaba hecho de piedra en aquel momento. Me exigí lo más que pude para dejar de mirarla y volver al zumbido que mi mente aun no había reconocido. A nuestro alrededor los demás habían agachado la cabeza. Una delgada línea amarilla, como un guión visto en perspectiva, se acercaba mas hacia donde yo estaba.
El guión se fue ensanchando pasando sobre una multitud de temblorosos. El último número había salido hacia unos instantes pero no era necesario verlo. Era a ella a quien no querían. En ese momento me entró el impulso de gritarle que agachara la cabeza. Que se salvara. Pero de mi boca solo salió un gemido. Ella continuaba tecleando como posesa sin resignarse aun. Yo estaba quebrantando órdenes. No podía agachar la cabeza, el terror me invadía. El rayo estaba cada vez mas cerca. La miré. Ya no lloraba, pero en su cara se dibujaba la aflicción. Solo en ese momento se percató de mi presencia. Me dedicó una enigmática sonrisa. Yo la miré sorprendido y asustado. El furioso zumbido se acercaba desde alguna parte. Ella mantuvo la sonrisa y eso fue todo. En ese momento Salí de mi estupor y agaché la cabeza. El rayo amarillo pasó segundos después sobre mí. Pude sentir su intenso calor. Su horrible sonido se me clavó en el cerebro como una tachuela. No fui tan valiente para ver. Me cubrí los ojos mientras todo sucedía. No gritó. Se quedó allí, sola, esperando el rayo que segaría su vida. Su sangre me alcanzó. La sentí correr por mi espalda. Me retorcí ante esto y empecé a gemir. Segundos después, ya todo había pasado. Ella continuaba aferrada al teclado. Un leve olor a carne asada se elevaba en el ambiente. Sangre y más sangre salpicada por todos lados. La cabeza le había caído en el regazo, las piernas juntas ocultaban su cara. Se podían ver los tendones que colgaban sanguinolentos y amarillos donde debía estar su cabeza. Los pechos estaban bañados en sangre. Una gota me cayó en la nariz, tenia todo el cabello empapado. Creo que comencé a gritar. Otro zumbido llegó a mis oídos de algún lado del corredor, pero este sonido no cargaba amenaza alguna. Se trataba del equipo de limpieza que subía desde el ascensor. Cuando llegaron al lugar donde poco antes terminaba la vida de 621. La alarma se encendió de nuevo, esta vez era para que todos volviéramos a nuestros trabajos. Yo casi no pude. Por un momento pensé que me quedaría viendo como se llevaban el cuerpo de mi amada, mas pudo la costumbre y el miedo. Volví al teclado. Desde entonces no he pensado en gastar mi pasé para enamorarme.
El ascensor. Esto fue lo último que me llamó la atención en esta semana. Si bien, antes lo había visto ser utilizado por el equipo de limpieza, pero estaba vez venia de otro lugar. Venia de arriba.
Hace dos días escuché una alarma diferente proveniente del tablerillo. Los números 027 aparecieron casi al instante. Yo opté por agachar la cabeza como muchos otros, pero al ver después de un rato que nada pasaba decidí levantarme. Un murmullo llenó el lugar, como aquellas ondas cuando dejas caer una piedra en algún charco. Yo desconcertado pregunté a mi compañero mas próximo que era lo que sucedía. No supo responder. Un momento después se abrió el ascensor, todos callaron de repente.
Un hombre alto comenzó a andar por el pasillo. Iba vestido con un traje de un blanco inmaculado. Sus zapatos también blancos resonaron por todo el lugar. El hombre se encaminó por el pasillo sin mirar a nadie. Pensé que tal vez se trataba de alguno de Ellos. La idea no era tan descabellada. Se detuvo de repente y miro a su izquierda. Se fijó en un menudo hombrecillo de gafas con mirada huidiza y aterrorizada. Se acercó a él. El hombrecillo, por instinto, se replegó sobre si mismo esperando lo peor, pero el hombre de blanco le tendió una mano. Una mano larga y bien cuidada que no demostraba ninguna vacilación. El hombrecillo era 027. El hombrecillo se levantó aun visiblemente nervioso y le estrechó la mano. El hombre de blanco le dijo algo al oído. 027 primero lo miró incrédulo, luego, sorprendido y los dos caminaron por el pasillo hacia el ascensor. El hombre de blanco adelante y 027 detrás. Por su cara, lo que le habían comunicado no era una mala noticia después de todo. Luego los dos se subieron al ascensor. El hombre de blanco oprimió un botón. La maquina comenzó a rechinar cuando las puertas se cerraron. 027 fue llevado a algún lugar arriba de nosotros, nunca mas lo volvimos a ver.
Aquel suceso se me grabó en la mente. Lentamente desplazó mi tristeza por la muerte de 621. A donde sea que se habían llevado a 027 yo quería ir. En mi alma se anidó la esperanza de encontrar un paraíso fuera de aquella sala de computadoras. Decidí que yo también debía lograr lo que aquel hombrecito asustadizo había logrado. Con una nueva ilusión empecé a teclear.
En el almuerzo hablé con 598. Uno de los antiguos. Le pregunté sobre aquel lugar a donde se habían llevado a 027. Me contó que nadie del cuarto de cómputo había ido allá y vuelto para contarlo. Luego me habló de las únicas dos veces que el hombre de blanco había bajado a aquel lugar y se había llevado a dos de lo “nuestros” como él dijo.
- A uno de ellos se lo llevaron apenas unos minutos después que había tomado el puesto de uno de los muertos…- dijo abriendo muchos los ojos para sorprenderme y en realidad lo logró. – y a otro se lo llevaron dos meses después de haber empezado a teclear.
Yo me quedé pensativo, en ese momento sonó la alarma que daba fin a la
Hora de descanso.
- lo que quiero darte a entender- dijo mientras se levantaba- es que no es nada fácil que el hombre blanco baje a buscarte. Es cuestión de sus caprichos.
- si pero no es imposible- repliqué furioso por la forma como intentaba destruir mi sueño. Una mirada de serena comprensión le cruzó el rostro.
- No hagas que te maten- dijo a modo de despedida. Luego se dirigió a su lugar de trabajo.
Tal vez él tenía razón, o más bien, tal vez Ellos la tenían desde un principio. Aquello que le pasó a 027 fue una casualidad, un golpe fortuito del destino, un capricho cuyo trazado era conducido por los más oscuros planes. Creo que al fin he comprendido esto, pero como dicen por allí, a veces es tarde para comprender. Al parecer nunca me acostumbre a la idea de que Ellos controlaban mi destino y el de mis compañeros. 598 lo sabía. Cuando me miró entendiendo mi actitud, siento que se había dado cuenta de lo que yo pensaba. Acaté ordenes, me comporte como un verdadero borrego, pero creo que algunos simplemente no aceptamos del todo la fatalidad con la que se estaba manejando nuestro destino. No quería morir en aquel lugar.
Aquel día me empeñaba en teclear lo más rápido posible. A veces volteaba a ver al ascensor o al tablerillo esperando la recompensa a mi trabajo. Esperando la llegada de aquel hombre de blanco que me cambiaria la vida. Estaba seguro de aquel día Ellos se habían fijado en mi y visto lo que vieron en 027. Estaba totalmente seguro de que el hombre de blanco bajaría en segundos a buscarme, el tablerillo brillaría con esa alarma celestial que anunciaría mi número, el hombre se acercaría y susurraría a mi oído dos palabras, lo suficientemente fuerte para darme cuenta que no se trataba de un sueño, dos palabras. Eres libre. Al imaginar la escena me sentía desfallecer. Tan absorto estaba en mis pensamientos que no escuché la alarma del tablerillo. Cuando me percaté de ella, mi corazón dio un vuelco. ¿Habrá llegado el momento? Dejé de teclear y miré el tablerillo. Las líneas horizontales aparecieron al instante. La alarma era para que nos preparáramos a agachar la cabeza. A pesar del temor ya conocido me desilusioné por no ser la alarma que yo esperaba. Me preparé para agachar la cabeza cuando el primer número apareció, quedé petrificado. El primer número reducía a mi grupo. Una idea siniestra me cruzó por la mente. No hagas que te maten. Miré sobre mi hombro. Todos se apresuraban a agachar la cabeza, excepto los de mi grupo. No se que idea descabellada me surgió, tal vez fue producto del estrés, o el miedo a no ver mis sueño realizado, pero simplemente comencé a teclear como un loco. El tablerillo titilaba y a lo lejos un zumbido comenzaba a escucharse. Creo que en aquel momento pensé que si seguía tecleando, aun en esas condiciones de presión, Ellos voltearían a verme y me llevarían allá donde quería ir. Lo que me mató fue mi propia ingenuidad. Escribía, si, y mucho, pero no eran cosas sin sentido. Claro que parecían como tal porque tecleaba lo primero que se me viniera a la mente, pero si alguien se decidiese a revisar lo que escribí se dará cuenta que mi manera de poner por escrito lo que pensaba no tenia nada de incoherente. Mis dedos volaban ¿Qué digo? Se movían a la velocidad del sonido. Ellos tenían que verme, lo se. El segundo número salió. Me permití unos segundos para observar el tablerillo. Me quedé helado. El grupo se reducía a diez, entre los cuales estaba yo. Lancé un gemido. Creo que hubo quien me volteó a ver, no estoy seguro. En aquel momento ya no solo tecleaba, sino que también aporreaba las teclas de una manera brutal. Empecé a respirar más rápido hasta jadear. Mi cuerpo se tensionó por completo hasta el punto en que ya no estaba sentado en la silla, parecía mas bien que estuviera montando algún caballo fantasma. Empecé a sudar frió. Las sienes me palpitaban. Miré el tablerillo, luego volteé a mi izquierda. Los motores del rayo se pusieron en movimiento. Mis dedos ahora viajaban a la velocidad de la luz. Empecé a reír como loco. El último numero salio. No lo vi, pero será mejor que crean que era mi número. Sin embargo yo no dejé de teclear, tenia la esperanza de que Ellos me vieran aun. Ya venia el rayo. Lo sentía. Mis pensamientos volaron en medio de ese ajetreo.
Dicen que el cerebro continúa vivo unos segundos después que te han cortado la cabeza, no es mucho, lo suficiente para que veas a tu cuerpo mutilado. Bueno, el que lo dijo de seguro nunca a perdido la cabeza, por lo menos a mi me alcanzaron para contar una historia.



























espero que sigas escribiendo 













.


































